Comienzos (11): Génesis 3

El Coronavirus ha cambiado los planes de millones —y este blog, desde luego, no ha sido la excepción de esta desafortunada influencia—. Originalmente planeé tener mi serie de «Comienzos» desde principios del 2020 hasta la Pascua —pero como ya sabes, esto no fue lo que sucedió—. Este artículo resume esta serie; y te recuerdo que ahora estamos en Génesis 3, y estamos lidiando con las consecuencias de la Caída. Escribir sobre este capítulo es una tarea desafiante —Génesis 3 es una de las historias más conocidas del mundo—. Sin embargo, ¿podría ser que aún nos estamos perdiendo de algo aquí?

¿Quién fue maldecido?

Primero que todo, hablemos sobre maldiciones y castigos. De alguna manera, las personas a menudo piensan que en esta historia todos fueron maldecidos. Sin embargo, cuando leemos el texto detenidamente, vemos que este no fue el caso. La maldición no estuvo sobre los humanos. Adám nunca fue maldecido. Eva tampoco fue maldecida —ella fue castigada, como lo fue Adám—; él fue castigado al tener que trabajar en un suelo maldecido —porque el suelo, la tierra, desde luego fue maldecido—. Lo mencionamos previamente cuando comentamos sobre la palabra adám: la conexión etimológica entre «hombre» y «suelo» es muy evidente en hebreo, aún así uno no puede notarlo realmente en español. En hebreo cuando dices Adám casi puedes escuchar la palabra adamá en este nombre: se corresponden y relacionan el uno con el otro, como lo hacen los sustantivos masculinos y femeninos en hebreo. Y aquí en Génesis 3 vemos otra prueba poderosa de esta conexión: Cuando Dios castiga a Adám, es adamá quien es maldecida. Esta maldición probablemente se sintió tan fuerte por las generaciones primitivas de los descendientes de Adám, que todos anhelaron que fuera eliminada; lo escuchamos muy claramente en las palabras proféticas de Lamec, el padre de Noé, cuando escoge un nombre para su hijo. Evidentemente Lamec sintió el peso del trabajo sobre la tierra que Dios había maldecido, y miró a su hijo como aquel que traería liberación de la maldición —como uno que proporcionaría comodidad y descanso—. «Y él le llamo Noé, diciendo: “Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, a causa del suelo que el Señor maldijo”».[1] Hablaremos sobre esto cuando lleguemos a esos capítulos.

A parte de adamá, la única que recibió la maldición fue la serpiente, la culebra. El SEÑOR pronunció una maldición permanente sobre la serpiente: «Porque hiciste esto, más maldecida serás que todo ganado y que todas las bestias salvajes: sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida».[2] Es importante saber que el hebreo bíblico no identifica a la serpiente con Satanás. Fue hasta finales del siglo I en un documento judío —el libro de Apocalipsis— que la «serpiente» fue claramente identificada con Satanás: «la serpiente antigua que es el Diablo y Satanás».[3]

Transfiriendo la culpa

Sabemos que, al responder la pregunta de Dios, Adám señaló con su dedo a su mujer: ella tiene la culpa. Cuando Dios le pregunta a Eva, él recibe una respuesta similar: la serpiente tiene la culpa. Después de esto, el SEÑOR pronuncia su castigo —pero, ¿Adám y Eva fueron castigados solo por haber comido del fruto?—.

Desde luego, todos somos conscientes de este juego de transferir la culpa en Génesis 3 y del hecho de que a Dios no le agradó. Sin embargo, nadie ve en esto un problema tan crucial como su desobediencia al mandato de Dios. Aún así, las Escrituras nos dan la razón para creer que desde luego, esto fue un pecado muy grave ante los ojos de Dios —que el castigo posterior de Dios no fue solo por desobediencia, sino también por transferencia de culpa—. ¿Cómo lo sabemos?

¿Alguna vez se han preguntado por qué la línea monárquica de David llegó de la tribu de Judá? ¿Por qué este hijo particular de Jacob fue honrado con este grandioso privilegio? Encontramos una respuesta en Génesis 38, en la historia de Tamar: aquí Judá se convierte en la primera persona en la Biblia en tomar responsabilidad por sus propias acciones y arrepentirse. A diferencia de Adám que dijo: «ella tiene la culpa», Judá dijo: «yo tengo la culpa».

«Ella ha sido más justa que yo».[4] Judá es la primera persona en el libro de Génesis —,y por lo tanto, en toda la Biblia— que confiesa su pecado, toma responsabilidad por este y cambia su comportamiento: él se arrepiente. Creo que esta es la razón por la que Dios bendice a la tribu de Judá con tan sorprendente privilegio. El nombre Yehudá (Judá) incluso proviene del verbo lehodót, que no solo significa «agradecer» (como probablemente saben muchos de mis lectores), sino también «admitir, confesar». (Por ejemplo, el nombre de una oración de confesión, Vidúi, proviene de esta raíz). Y una vez que entendemos cuán importante es esta confesión ante los ojos de Dios, también entenderemos qué pecado tan terrible fue este juego de transferir la culpa en Génesis 3.

Vestiduras de piel en lugar de vestiduras de luz

Leemos en Génesis 3 que antes de que Dios expulsara a Adám y a Eva del jardín, él les hizo vestiduras para la piel. Algunos comentaristas judíos dicen que antes de que Adám y Javá (Eva) pecaran, sus cuerpos estuvieron vestidos de luz y que como resultado de su pecado, las vestiduras de luz fueron reemplazadas por vestiduras de piel. ¿El texto apoya este concepto?

Si lo lees en hebreo, queda claro por qué los judíos sabíos dijeron eso. La palabra hebrea para «piel» es ÓR (עוֹר): «áyin, váv, résh». La palabra hebrea para «luz» también es ÓR (אור) pero se deletrea: «álef váv, résh». Originalmente, Dios vistió a Adám y a su esposa con las vestiduras de luz celestial. ¿Por qué la perdieron?

Esta es una de las sorprendentes características del hebreo: los profundos mensajes de sus letras no deberían perderse. Las palabras hebreas para «luz» y «piel» difieren solo en una letra: álef para «luz» y áyin para «piel». El valor numérico de álef es 1 y el de áyin es 70. La diferencia entre ellos es 69, representado por las letras hebreas sámej (ס) y tét (ט). La raíz de la palabra sámej significa «apoyarse», «apoyar». La pictografía para tét se ve como una culebra. Al apoyarse sobre la culebra, Adám y Eva perdieron sus vestiduras de luz (אור) y tuvieron que vestirse con vestiduras de piel.

 

[1] Génesis 5:29.

[2] Génesis 3:14.

[3] Apocalipsis 20:2.

[4] Génesis 38:26.

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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