Comienzos (7): GÉnesis 2

El puente literario

Como vimos la última vez, Génesis 2:4 es un versículo de apertura del segundo relato de la creación: comienza la segunda «historia del cielo y la tierra cuando Dios creó la tierra y el cielo». Este versículo es muy interesante por diversas razones: en primer lugar, aparece varias veces en la Torá, abriendo algunas divisiones principales en Génesis. En segundo lugar, en otro lugar en Génesis siempre se traduce como: «Estos son los (registros) de las generaciones…» así que tal vez también se debe traducir aquí: «Estas son las generaciones del cielo y la tierra…». Finalmente, esta oración a menudo sirve como un puente literario, conectando y manteniendo juntas dos partes de la historia; el mejor ejemplo sería Génesis 37:2 donde después de la oración: «Estas son las generaciones de Jacob», la historia se traslada por completo a José. Aquí este versículo mantiene juntas las dos partes: la historia de Jacob, antes de este versículo, y la historia de José, que inicia justo después.

A la luz de esto, podemos ver claramente la importancia de la oración de apertura casi idéntica del Nuevo Testamento: «El registro de las generaciones de Jesucristo».[1] Esta oración también es como un puente que conecta y mantiene juntas dos partes muy importantes de las Escrituras: el Tanáj y el Nuevo Testamento. El punto que hacen los escritores del Nuevo Testamento es muy claro: estas partes se relacionan de la misma manera que la historia de Jacob y José, o que las dos historias de la creación —no se puede leer la segunda parte sin la primera—. Y aunque hay una clara división entre el «Antiguo Testamento» y el «Nuevo Testamento» en cada Biblia cristiana, las palabras «Antiguo Testamento» son realmente muy engañosas. Uno podría pensar que es innecesario leer lo Antiguo para entender lo Nuevo: no es del todo cierto —y este comienzo—, uno de los comienzos más judíos en el que puedes pensar, lo comprueba. No podríamos leer Génesis 2 sin primero leer Génesis 1, ¿o sí? De la misma manera no puedes leer el Nuevo Testamento sin leer y entender el Tanáj.

Lo vertical y lo horizontal

En el último artículo hablamos sobre dos relatos que reflejan la naturaleza dual del hombre. No existe duda de que el Adám del Capítulo 2 difiera mucho del Adám del Capítulo 1 —asumimos, sin embargo—, que la explicación de este relato dual debe buscarse en una naturaleza dual de la humanidad en lugar de dos fuentes diferentes.

Junto con los sabios judíos, afirmo que estos dos relatos no son diferentes y no contradicen las historias —son dos imágenes diferentes de la misma historia—, pero tomadas de dos ángulos completamente diferentes.

Echemos un vistazo a los dos relatos de Adám. El primer capítulo presenta la proyección horizontal de Adám —el rol y las funciones que tendría en la tierra y hacia aquellos que viven cerca de él en esta tierra—. Este Adám tiene que jugar exitosamente su rol social y cumplir exitosamente sus funciones sociales en su relación con los otros; no solo eso, sin embargo, —en todas estas relaciones y funciones debe reflejar la imagen de Dios—.

«Así que Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; fueron creados por Él. Entonces Dios los bendijo, y Dios les dijo: “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y gobiérnenla; y dominen los peces del mar, las aves del cielo, y todas las cosas vivientes que se arrastran en la tierra”».[2]

El hombre que vemos en el segundo capítulo todavía es el mismo Adám —y la próxima vez, veremos juntos la prueba sorprendente de esta declaración— pero ahora la imagen es tomada de un ángulo completamente diferente, ahora vemos la proyección vertical: vemos a Adám en su relación con el cielo, en su comunicación con Dios.

«Y el SEÑOR Dios ordenó al hombre diciendo: “De cada árbol del jardín podrás comer libremente; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no podrás comer, porque el día que comas de él, seguramente morirás».[3]

La última vez vimos ya que incluso el orden de las palabras en los dos relatos estuvo completamente opuesto: mientras que el primer capítulo comienza con el famoso «En el principio Dios creó el cielo y la tierra», en el Capítulo 2 se dijo: «el Señor Dios hizo la tierra y los cielos». El relato del Capítulo 1 comienza con el cielo y luego procede con la tierra y aquellos que la habitan; el relato del Capítulo 2 comienza de inmediato con la tierra y aquellos que pertenecen aquí. Y es en el segundo relato que vemos que este Adám que es «formado… del polvo del suelo», es destinado a —y anhelar— ser parte del cielo. Cada uno de nosotros tiene estos dos Adám, estas dos proyecciones dentro de él: el que juega exitosamente el rol social y cumple todas las expectativas sociales y las funciones (que Dios nos ayude a soportar sus reflexiones y su imagen en todas estas relaciones con los otros —que ellos puedan ver tus buenas obras y glorificar a tu Padre en el cielo—), y el que anhela estar en la presencia de Dios y ser parte del cielo.

Dos yód

Existe algo en las Escrituras que hace evidente esta naturaleza dual. En Génesis 2:7 vemos a Dios formando (vayitzér) al hombre del polvo del suelo. Por supuesto, todas las palabras de este fascinante versículo se deletrean perfectamente correctas cuando se leen en la traducción. Sin embargo, cuando las leemos en hebreo, uno podría notar inmediatamente una ortografía muy inusual de esta palabra (vayitzér) —en lugar de una yód al comienzo de la palabra, hay dos yód consecutivas aquí—.

Según el entendimiento judío, cada palabra y cada letra de las Escrituras son importantes. No existe tal cosa como repetición por error: si una letra o palabra es repetida, hay un mensaje fundamental para ser reconocido y entendido. Entonces, los comentaristas judíos ven cada una de estas yód como si significara la inclinación de la palabra yetzér. El yetzér hatóv (la buena inclinación) es la consciencia moral, la voz interna que nos recuerda la ley de Dios cuando estamos por romperla. El yetzér hará (la mala inclinación) es la naturaleza egoísta, el deseo de satisfacer las necesidades personales; no es una cosa mala en sí —pero si no se controla o es ilimitado— podría llevar al mal. Según el judaísmo, la misma presencia de estas dos yód indican que desde el comienzo, la humanidad estaba formada con estos dos impulsos, tanto con la inclinación del bien como con la del mal; Dios había creado al hombre con naturaleza dual.

 

[1] Mateo 1:1.

[2] Génesis 1:27,28.

[3] Génesis 2:15-17.

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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