Ejercicios De ComparaciÓn (2): El Registro De Labán Revisado

Nuestro ejercicio de hoy es tomado de la conocida historia sobre José y sus hermanos. Probablemente recordarás la historia: los hermanos regresan a José por segunda vez, esta vez con Benjamín, y después de haber cumplido su misión, a la mañana siguiente comienzan su viaje de regreso. Probablemente también recordarás que no mucho antes de que ellos marchasen, José ordenó a su mayordomo que pusiera su copa de plata —de José— en el costal de Benjamín. Entonces, «cuando ellos habían salido de la ciudad, y aún sin estar muy lejos, José le dijo a su mayordomo: “Ve, sigue a los hombres; y cuando los alcances diles: ‘¿Por qué habéis pagado mal por bien?’”».[1]

¿Puedes imaginar cómo se sintieron cuando «el mayordomo los alcanzó y les dijo estas mismas palabras?».[2] Casi puedo ver el registro: jadeantes y enrojecidos, indignados por una injusticia total y sin fundamento para una nueva acusación, ellos presentaron sus costales al sirviente del gobernador egipcio, quien no quiso dejarlos solos. Uno después del otro, todos fueron hallados limpios —¿y cómo podría ser de otro modo?—: «Mira, el dinero que hallamos en nuestros costales te los volvemos a traer desde tierra de Canaán. ¿Cómo, pues, podríamos robar plata u oro de la casa de tu señor?».[3] Ahora todo casi ha terminado, solo un momento más y al final serán liberados y podrán regresar a su casa otra vez, alejarse de este siniestro lugar donde, evidentemente algo misterioso se tramó, alejarse de esa siniestra persona que por alguna razón causó que sus corazones se estremecieran recordando el crimen perpetrado tiempo atrás. Solo faltó registrar el costal de Benjamín —y él desde luego es el más joven e inocente, aunque todos ellos fuesen culpables de aquello—. ¿Hay alguna necesidad de buscar en su costal? Cada hermano terminó de cargar su asno, moviéndose alrededor, nerviosos con impaciencia. Ya casi están listos para emprender el camino de regreso —de prisa, vamos, empecemos a marchar—… ¡Hey!, ¿qué pasa? ¡¡¡¿Qué?!! Escuché un llanto de terror multiplicado por diez al final del versículo 12: «La copa se encontró en el costal de Benjamín». Y solo Benjamín permaneció en silencio…

Y entonces los hermanos regresaron a José. ¿Qué debió sentir Benjamín durante su triste regreso a la ciudad? Él era inocente —y él sabía que Dios lo sabía—; pero la copa se había encontrado en su costal y eso significaba que ante los ojos de sus hermanos, como también ante los ojos de los egipcios (eso fue lo que creyó), él era un ladrón. Su corazón, su corazón como creyente, que desde su infancia se le había enseñado a confiar, a orar y a buscar a Dios, silenciosamente gritó: «Dios, ¿dónde estás? ¿Por qué permites que suceda esto? ¡Tú sabes que soy inocente! “¿Por qué me has olvidado?”[4] ¿Por qué permaneces en silencio? ¿Por qué no intervienes? ¿Por qué no me proteges y me defiendes?».

Avergonzado, hecho pedazos y confundido, debe haber estado pensando en la historia que recordaremos ahora: la historia de los ídolos robados por su madre Raquel, y el siguiente registro de Labán. ¿Recuerdas la historia? En Génesis 31, después de servir a Labán largos años, Jacob decide regresar a su tierra; o para ser más precisa, Dios decidió y Jacob fue obediente a su voluntad. Sin embargo, Jacob no cumplió la voluntad de Dios en forma piadosa. Toda su partida o huída fue más bien tan inapropiada que la Torá acusa tanto a Jacob como a Raquel del horrendo pecado de robo, usando en ambos casos la misma palabra: «robar». Raquel no solo robó «(ותגנב רחל) los ídolos de la familia que eran de su padre», como probablemente recordarás, sino que para nuestra gran sorpresa descubrimos que Jacob «robó el corazón de Labán (5) (ויגנב יעקב את-לב לבן)»  porque él no informó que se marchaba y se llevaba con él a sus esposas e hijos, es decir, las hijas y nietos de Labán. Jacob se fue, pero después de un tiempo Labán lo alcanza y lo acusa de dos hechos, tanto de haber escapado como de haber robado sus ídolos.

Perseguido y acusado por Labán, Jacob está completamente convencido de que por un tema de principio no podían haber robos en su campamento. En lo más íntimo de su ser, se siente insultado por tal suposición. Indignado por tal acusación y desconociendo el robo de su mujer, invita a Labán para que haga un registro en todo el campamento. «Con quien encuentres a tus dioses, no lo dejes vivir».[6] Y Labán comienza su registro.

Exactamente de la misma forma, los hermanos insultados, que han sido acusados por el mayordomo de la casa de José por haber robado, juran su inocencia literalmente con las mismas palabras: «Con quien quiera que tus siervos sean encontrados, déjalo morir».[7] Al igual que Jacob, ellos sabían bien que robar era un pecado, e incluso era intolerable y ofensiva la idea de que de alguna manera podrían haber estado mezclados en un robo. Ambos registros comienzan de la misma manera; aunque el final de estas historias es muy diferente, y como siempre, apuntan hacia una verdad espiritual que la Torá quiere que aprendamos de esta comparación.

Labán busca en todas las tiendas pero no encuentra sus ídolos. Raquel los había escondido sentándose sobre ellos, y hasta el día de hoy (Benjamín pensó con pena) nadie tuvo duda alguna de que la historia terminó favorablemente. Sin embargo, en el mundo espiritual existen ciertas leyes que son invisibles y por eso, algunas veces son ignoradas incluso por aquellos temerosos de Dios —pero aún así, son tan inviolables como la ley de la gravedad, por ejemplo—. La Biblia quiere que las personas sean conscientes de la responsabilidad espiritual que conlleva, no solo «para» sus hijos sino también «ante» sus hijos: las cosas ocultas ante Dios y el hombre pueden en la forma más inesperada, aflorar en la vida de sus hijos. Por eso es que el registro de Raquel, la madre que realmente robó aunque nada se le encontró, repercute en una generación más tarde, en un drama tan tenso como en el registro de su hijo, quien aunque era completamente inocente, fue acusado de robo.

[1] Génesis 44:4-6.

[2] Génesis 44:4-6.

[3] Génesis 44:8.

[4] Salmo 22:1.

[5] Génesis 31:19-20; en hebreo la palabra «robar» se usa en ambos versículos.

[6] Génesis 31:32.

[7] Génesis 44:9.

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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