Los Días Temibles: Puertas De Arrepentimiento

El llanto sin palabras

Justo acabamos de celebrar Rósh HaShaná, —y desde luego fue el Rósh HaShaná más inusual en Israel—. Debido al confinamiento por el Coronavirus, no lo celebramos con familiares ni amigos; no pudimos rendir culto juntos; realmente no pudimos salir de nuestros hogares. Casi toda la celebración de este año fue diferente —pero a pesar de estas lamentables diferencias, hubo algo que realmente nos dio esperanza—. Es esta esperanza lo que me gustaría compartir hoy con ustedes.

Recordemos que la Torá se refiere a esta festividad como Zikhrón Teru’á ([un]) día conmemorativo [del] soplo de [las trompetas]), por eso, el punto central del servicio y celebración de cada Rósh HaShaná es soplar el shofár. ¿Alguna vez se han preguntado por qué?

La Torá no especifica por qué tenemos que soplar el shofár en Rósh HaShaná. Aunque se pueden encontrar muchas explicaciones y probablemente algunas de ella las conocen. «En Rósh HaShaná reconocemos a Dios como Rey del mundo. El llamado del shofár anuncia este emocionante evento: O bien “nos recuerda el sonido que se escuchó cuando Dios descendió en el Monte Sinaí y nos dio la Torá”. O bien “hecho del cuerno de carnero, el shofár nos recuerda la Aqedát Yitzják, El Sacrificio de Isaac, quien fue salvado cuando Dios ordenó a Abraham que sacrificase un carnero en su lugar”». Y desde luego, todas estas razones son válidas y verdaderas, pero hay algo más extremadamente importante que quiero mencionar aquí. Según los comentaristas judíos, ¿qué más simboliza el sonido del shófar?

Probablemente saben que el shofár de Rósh HaShaná abre el periodo de Diez Días de Arrepentimiento. Nuestros sabios enseñaron que el penetrante sonido del shofár simboliza el lamento de alguien que no tiene palabras —quien entra en estos días sin ser capaz de pronunciar palabras de arrepentimiento pero que aún así desea acercarse a Dios—. ¿No somos todos así? Todos deseamos que Dios nos escuche; deseamos contarle sobre nuestro más íntimo deseo —רצוננו לעשות רצונך «es nuestro deseo cumplir tu voluntad»— y sobre nuestro constante fracaso en cumplirlo. Ya sea si lo describimos como nuestra «inclinación al mal», como lo hace el judaísmo, o junto con lo que dice Pablo, decimos: «Porque lo que yo quiero no lo hago; pero lo que detesto eso es lo que hago»[1], sabemos que fracasamos plenamente al cumplir su voluntad; que estamos manchados por nuestros pecados y deseamos ser limpiados. Y para eso tenemos el shofár: su sonido representa el llanto del corazón que no tiene palabras, pero que aún así desea regresar al hogar espiritual. Y a pesar de que existen personas que no son movidas por el sonido del shofár, quienes atraviesan estos días temibles con los corazones dormidos y sin ninguna chispa de reconocimiento interior, siempre hay corazones que son despertados por este sonido penetrante, por este llanto y esperanza sin palabras de alcanzar el cielo.

Pero no termina aquí. El sonido del shofár no solo representa el llanto por ayuda espiritual —también es nuestro llanto por ayuda física—. El Talmúd dice que el shofár lleva delante de Dios el recuerdo del pueblo judío para su beneficio. Por eso estuve muy feliz de aprender, incluso antes de la fiesta, que se designó una hora en especial para que todos los israelíes de todo el país se pusieran a soplar el shofár simultáneamente. Y así sucedió: permaneciendo en las entradas y en los balcones de sus casas, los israelíes soplaron su shofár delante de Dios, reconociendo su absoluta soberanía y nuestra total y completa dependencia en Él —como la esperanza y el llanto sin palabras, como el desesperado llanto sin palabras que atraviesa los cielos—. Sé que muchos amigos de Israel se unieron a este desesperado llanto de nuestro shofár desde sus países y también desde sus hogares —y sinceramente creo que este año fue el punto más importante de Rósh HaShaná—.

¿Qué podemos decir?

Me gusta mucho el comentario judío respecto a los diferentes nombres de Dios, en los primeros capítulos de Génesis: «Dios» (Elohím) en Génesis 1, y «el Señor Dios» (Adonái Elohím) en Génesis 2. La tradición judía ve en estos nombres dos facetas de la naturaleza de Dios —donde «Dios» representa la cualidad de justicia y «el Señor Dios» representa la cualidad de misericordia—. Según algunos Midrashím, el mundo fue originalmente creado por Dios como Elohím en Génesis 1, pero luego Dios vio que, sin su misericordia, su creación no duraría, y por eso en Génesis 2 Él es llamado «el Señor Dios».

Sin su misericordia, su creación no perduraría… Hay una contraparte humana para esta declaración: sin la posibilidad de arrepentimiento, el mundo no existiría. Como nuestros sabios enseñaron y como todos sabemos por experiencia propia —el hombre tropieza más de lo que avanza—. Por eso el concepto de «teshuvá (arrepentimiento) tuvo que ser creado antes que el universo, porque Dios no crearía un mundo que estuviera condenado desde sus inicios».[2]

Ya sabemos que el shofár de Rósh HaShaná inicia los Diez Días de Arrepentimiento. Según los sabios judíos, el arrepentimiento durante estos diez días es especialmente importante y puede lograr más que cualquier otro periodo del año. En tiempos bíblicos, durante el solemne ritual deYóm Kipúr, el Sumo Sacerdote debía confesar delante de Dios «todas las iniquidades de los hijos de Israel».[3] Hoy en día, nosotros mismos confesamos nuestros pecados delante de Dios en Yóm Kipúr. La confesión es un paso muy importante ante los ojos de Dios, y aún así, la primera vez que la palabra «confesar» aparece, es en el libro de Levítico (Levítico 5:5) ¿Hubo confesión en la Torá antes de Levítico?

Sorprendentemente, no vemos a los patriarcas confesando sus pecados delante de Dios. Quizá lo hicieron, pero la Torá lo deja entre ellos y Dios. La primera persona que el libro de Génesis nos enseña confesando su pecado es Judá, el cuarto hijo de Jacob. Al final de la gran historia de Judá y Tamar que se pasó por alto, Judá admite su pecado y acepta su responsabilidad por ello.

¿Esa conexión entre Judá y la confesión es ocasional? Como todos sabemos, nada es ocasional en la Palabra de Dios —y sorprendentemente, el propio mensaje de confesión está oculto en el nombre de Judá—. Algunos de mis lectores pueden saber que el nombre de Judá (יהודה) viene del verbo lehodót (להודות), y el primer significado de este verbo es «agradecer» o «alabar». (Cuando Lea dio a luz a su cuarto hijo, ella declaró: «Esta vez alabaré al Señor. Por eso ella le puso por nombre Judá».) Sin embargo, pocos son conscientes de que el verbo lehodót también tiene otro significado: «admitir» o «confesar». Por ejemplo, una oración especial de confesión para Yóm Kipúr se llama Vidúi «confesión» y… viene de la misma raíz. Esto significa que el nombre de Judá podría ser traducido como «el que confiesa».

Para hacer este caso todavía más fuerte, quisiera citar las oraciones especiales llamadas Selijót —las oraciones que recitamos antes de Yóm Kipúr pidiendo perdón—: «¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos hablar? ¿Y cómo podemos justificarnos?». Muchas personas no saben que estas son en realidad las palabras de Judá: las encontramos en Génesis 44, cuando Judá habla con José después del presunto crimen de Benjamín con la copa robada. Pueden recordar la historia y recordar que Benjamín no fue culpable de ese crimen, ni ninguno de sus hermanos —ellos no robaron la copa—. Sin embargo, Judá confiesa «la iniquidad» que «Dios había encontrado». Aún así, los hermanos no fueron culpables de este pecado en particular, ellos aceptaron la convicción y el castigo de Aquel ante quien pecaron terriblemente mucho tiempo atrás: «¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos hablar? ¿Y cómo podemos justificarnos?».

Esta debería ser nuestra actitud cuando venimos al Señor con nuestra confesión y arrepentimiento. Incluso si al principio nos vemos a nosotros mismos como inocentes respecto a algunos pecados, cuando permanecemos delante de Dios y abrimos nuestros corazones ante los rayos  de su luz, Él trae cosas a la superficie y la confesión viene a ser profunda y real. Por eso es que las palabras de Judá que abren una de las más hermosas historias de confesión forman parte de las oraciones de las Selijót —al comenzar nuestro periodo de Selijót, decimos las mismas palabras—: “¿Qué podemos decir? ¿De qué podemos hablar? ¿Y cómo nos podemos justificar?”. No hay palabras que podamos decir para justificarnos, y por eso los Días Temibles se abren y se cierran con el llanto sin palabras del shofár.

[1] Romanos 7:15.

[2] Yom Kippur – it’s significance, laws and prayers, Mesorah Publications, ,p.15 ; Nedarim 39b

[3] Si están interesados en leer más sobre este sacrificio misterioso y su significado profético, pueden leer mi artículo en este blog: «Two Goats of Yom Kippur».

https://blog.israelbiblicalstudies.com/jewish-studies/yom-kippur-two-goats/

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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