Reflexiones Del Nuevo Testamento: Bereshit

La alegría de la Torá

Sukkót es zmán simjatéinu, «el tiempo de nuestra alegría» —y la alegría de Sukkót— alcanza su clímax durante Simját Torá. Simját Torá (literalmente el gozo de la Torá) es la festividad que sigue inmediatamente después de la fiesta de Sukkót y marca la conclusión del ciclo anual de la lectura pública de la Torá, y el principio de un nuevo ciclo. Sí, mis queridos amigos: el año ha volado y estamos otra vez en Bereshit —y mientras estamos en esta porción de comienzos—, también inicio una nueva serie: «Reflexiones del Nuevo Testamento». Si creen que el Tanáj y el Nuevo Testamento forman un libro, necesitarían poder discernir las notas originales tocadas en la Torá que aún suenan en el Nuevo Testamento: reconocer esas notas podrían enriquecer —e incluso a veces cambiar— su comprensión tradicional del texto. De esto trata esta nueva serie: juntos, intentaremos reconocer las porciones semanales de la Torá en los escritos del Nuevo Testamento.

Pero primero, ¿sabemos que hubo una lectura pública en las sinagogas en el tiempo de Jesús? Lo sabemos, y en realidad, es principalmente debido al Nuevo Testamento que lo sabemos: según el Nuevo Testamento, la lectura pública de la Torá se practicó cada sabbat en cada sinagoga. Por ejemplo, leemos en Hechos: «Porque Moisés ha tenido a lo largo de muchas generaciones, a aquellos que le predican en cada ciudad, siendo leído en las sinagogas cada sabbat».[1] Adicionalmente, Josefo también escribe que las personas «dejan de lado sus otros empleos y se reúnen juntos para escuchar la Ley, y aprenderla exactamente, y eso no una vez o dos, o a menudo, sino cada semana».[2] Esto significa que cualquiera que sea la sinagoga a la que Jesús y sus discípulos entraban en sabbat, como «era su costumbre»[3], escucharían allí la Torá. Y cualquier que fuese el ciclo de lectura de la Torá —anual, como en muchas sinagogas el día de hoy—, o trienal, como fue aceptado en muchas sinagogas en el país —en algún punto—, Jesús y sus discípulos escucharían el principio de la Torá, exactamente como lo escucharíamos en este sabbat.

El poder de la Palabra de Dios

Lo primero que aprendemos de estos primeros versículos del libro de Génesis es que el mundo es creado por el poder de la Palabra de Dios. Encontramos casi la misma descripción del principio de la creación en el Evangelio de Juan. El principio de este Evangelio también podría ser llamado Bereshit: el lenguaje de Juan claramente y a propósito hace eco del lenguaje de Génesis 1:1. El paralelo es indiscutible —vemos que ambos, en el relato de Génesis y en el Bereshit de Juan—, es la Palabra de Dios que da vida:

«EN EL PRINCIPIO era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas a través de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho».[4]

«“Palabra” se traduce del griego logos… y corresponde al arameo memra (también “palabra”), un término técnico teológico usado por los rabinos en los siglos antes y después de Yeshua cuando se habla de la expresión de Dios sobre sí mismo».[5] ¿Tenemos la misma «Palabra de Dios» en Génesis 1? Sorprendentemente, nueve veces durante los seis días de la creación, escuchamos: «Y Dios dijo: “ וַיֹּאמֶר אֱלֹהִים». Este verbo “vayomér” —y Él dijo— nos ayuda a comprender, no solo que Dios es el único que tiene ese poder dador de vida, sino que el origen de este poder vivificante, es desde luego su Palabra: Él crea todo y da vida solo por la autoridad de su Palabra. Por eso, en ambos relatos, en Génesis y en el Evangelio de Juan, es la Palabra de Dios que da vida. Esta continuidad forma uno de los fundamentos de la fe en el Nuevo Testamento: «Por fe entendemos que los mundos fueron enmarcados por la Palabra de Dios».[6]

El que ama a su esposa se ama a sí mismo

Estos primeros capítulos del libro de Génesis son absolutamente cruciales para nuestra comprensión del plan de Dios y el propósito para nuestras vidas. Por ejemplo, en Génesis 2:20 leemos: «Pero para Adán no se encontró una ayudante adecuada». ¿Cuál es el significado de la palabra original hebrea detrás de esta extraña expresión, «ayudante adecuada»? Como la mayoría de las traducciones suelen representar estas palabras como «adecuada» o «ayudante apropiada» o «buena compañera», una mujer ha sido entendida tradicionalmente como una asistente del hombre —algo así como criatura de segunda clase—. Muchos creen que Dios creó al hombre para roles y responsabilidades principales, y que después creó a la mujer como algo secundario, ayudante de roles. ¿El texto hebreo realmente dice eso?

La clave para la respuesta se encuentra en la palabra original hebrea, כְּנֶגְדּוֹ (kenegdó). El significado básico de la palabra «néged», es «opuesto»; entonces «la ayudante» (ézer) se supone que sea «opuesto» al hombre. En este sentido, kenegdó simplemente significa que quienquiera que Dios crea para Adán le corresponderá a él: ni más alto ni más bajo, sino un igual. En estas palabras podemos encontrar, no solo el diseño original del Creador para el hombre y la mujer, sino también para su unión. Dios diseñó un matrimonio para ser una unión en la cuál esposo y esposa son iguales y el complemento de cada cual: ézer kenegdó. Esto es probablemente lo que Pablo quiso decir cuando escribió: «Así los esposos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos; el que ama a su esposa se ama a sí mismo».[7]

El primer Adán y el último Adán

Génesis 3 es un capítulo crítico para comprender la teología del Nuevo Testamento: aquí vemos el pecado y la caída de Adán, y sabemos que como resultado de su caída, toda la humanidad es condenada —esclavizada al pecado y a la muerte—.

A veces las personas preguntan: ¿Cómo puede ser eso, que debido a la desobediencia de un solo hombre, todas las personas nacen en pecado y ahora todos sufrimos? Creo que la explicación de este misterio —al menos parcialmente— se puede encontrar en el lenguaje hebreo. Mientras que en español, Adán siempre es un nombre personal, en hebreo simplemente significa «humano». De hecho, el término en hebreo para «seres humanos» es Bnéi Adám —los hijos de Adán—. Esto es porque, si bien en la Biblia primero encontramos a Adán en Génesis 2, en hebreo encontramos a Adán en el capítulo 1, cuando Dios hace al hombre (Génesis 1:26-27). «Adán» se usa aquí en el sentido colectivo: no solo el Adán individual, sino que los humanos genéricamente son creados en el sexto día. Entonces, en Génesis 2 y 3 los usos genéricos y personales están mezclados. Esta interacción entre el «Adán» individual y la «humanidad» colectiva, y los significados ambiguos integrados a través de la narrativa, añaden una nueva dimensión y traen una profundidad adicional a los eventos cruciales de Génesis 3 —algo que se pierde completamente en las traducciones—. ¿Quizás también es algo que debemos tener en mente mientras leemos el Nuevo Testamento? Sí, Jesús aquí es llamado el «último Adán», a diferencia del primer Adán; sin embargo, si recordamos la inmensa diferencia entre cómo entendemos la palabra «Adán» y su uso en el hebreo original, podríamos ser capaces de ver nuevas facetas en el contraste del Nuevo Testamento entre el último Adán y el primer Adán.

[1] Hechos 15:21.

[2] Against Apion, 2.175.

[3] Lucas 4:16.

[4] Juan 1:1-3.

[5] David Stern, Jewish NT commentary.

[6] Hebreos 11:3.

[7] Efesios 5:28.

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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