Reflexiones Del Nuevo Testamento: Léj-lejá

 

Comienza la historia de la redención

Si sigues el ciclo de lectura de la Torá, alguna vez te habrás sentido atrapado en el pensamiento de: «¡Oh, por fin llegamos a Génesis 12; estamos entrando en la verdadera historia!» Para mí, esto sucede cada año —porque desde luego, cuando entramos en esta porción de la Torá Léj-Lejá—, empieza un nuevo periodo por completo. Hasta ahora hemos visto la intervención de Dios en juicio: tanto en el diluvio como en la historia de la torre de Babel, Dios castigó al hombre por su pecado y rebelión. Pero cuando Dios llamó a Abraham, Él intervino personal y activamente en misericordia, no en juicio. La elección y selección de lo que llegaría a ser el pueblo de Dios comienza aquí.

Desde una perspectiva del Nuevo Testamento, Dios pone en marcha su plan de redención con el llamado de Abraham. Todo cambia cuando Abraham aparece —comenzando desde Génesis 12—, la verdadera formación de la narrativa se vuelve muy diferente: una vez más, como si la historia real comenzase ahora y todo lo anterior fuese simplemente un prólogo. No solo la narrativa de Bereshit, sino la historia completa de la humanidad, a partir de este punto se vuelve la historia de este hombre, su familia y sus descendientes. ¿Por qué? Sabemos muy bien que incluso antes de Abraham hubo mucha gente justa —como Noé o Enoc— quienes amaron a Dios y caminaron con Él. ¿Por qué pues, de súbito, hace que todo cambie con Abraham entrando en escena?

Personalmente, creo que esta es la primera vez en la historia que Dios puso los pies en este mundo a través de alguien que estuvo deseando abrirle su corazón a Él —y Él lo cambia todo por medio de este único hombre—. Cuando Abraham entra en la historia, Dios viene a ser parte de la historia también, no desde afuera —como lo estuvo en la historia de Noé, por ejemplo— sino desde adentro, desde el corazón de este único hombre, y todo a su alrededor empieza a cambiar y a transformarse por el poder de Dios actuando por medio de él. Por eso Abraham ocupa una posición tan especial en el Nuevo Testamento. Abram creyó en las promesas de Dios, y su fe determinó su obediencia; de aquí la respuesta de Abraham al llamado de Dios, y su disposición a separarse «de su país, de su familia y de la casa de su padre» y seguir el mandato de Dios, a pesar de toda la incertidumbre que este mandato implicaba. De acuerdo con el Nuevo Testamento, Abraham proporcionó un ejemplo de fe salvífica para las generaciones posteriores de creyentes —judíos y gentiles por igual—: «Por fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia. Y salió, sin saber a dónde iba».[1]

En este sentido, la fe como «la evidencia de las cosas que no se ven», realmente empieza aquí. Si preguntamos si Abraham recibió alguna recompensa por haber obedecido a Dios sin reservas, y si miramos en las circunstancias de su vida después de haber llegado a la tierra, en completa obediencia al mandato de Dios, solo encontramos esas recompensas «invisibles» que uno solo puede ver por fe. Dios le prometió la tierra; sin embargo, cuando «el SEÑOR se le apareció a Abraham y le dijo: “A tu simiente yo le daré esta tierra”», él y su familia vivían en tiendas y eran todavía completamente extranjeros y recién llegados a esa tierra. La historia de Abraham probablemente es la primera historia en la Biblia donde este contraste entre las cosas visibles e invisibles es muy obvia: en el reino invisible, Abraham es escogido por Dios para su plan y su pacto; él será el padre de la nación y de las naciones, y un día él poseerá esta tierra. En el reino invisible, sin embargo, «por fe él habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, los herederos con él de la misma promesa».[2]

La elección de Dios

¿Quién fue este hombre? A menudo me pregunto de donde obtuvo su fe Abraham —esa fe absolutamente única—, fe que causó en él que confiase en el Señor y siguiese sus mandatos, aún cuando parecían complejos, dolorosos y fuera de lógica. ¿Durante cuánto tiempo había sido un verdadero creyente antes de escuchar a Dios decirle, léj-lejá (sal fuera), y cuándo hizo lo que se le había dicho? Él fue entonces un hombre mayor cuando Dios le llamó. ¿Por qué Dios escogió a un hombre de tan avanzada edad, y de hecho —por qué del todo a él?—

La Torá guarda silencio sobre este tema, pero se han sugerido dos interpretaciones distintas. La primera dice que no podemos entender la razón de Dios: Él escoge a Abraham no por sus méritos, sino al azar, por eso la Torá no dice nada sobre su justicia, Abraham simplemente fue el recipiente de la gracia de Dios, sin ningún mérito propio.

La segunda interpretación dice que Abram mereció ser escogido. Como lo fue Noé en su generación, Abram se mantuvo firme como el único hombre justo y moral, y esas cualidades fueron la causa de que Dios le eligiese. Este enfoque es más popular en la tradición judía, mientras que la primera es más favorecida por los comentaristas cristianos.

La orden de Melquisedec

En Génesis 14, Melquisedec (significa «mi rey de justicia») se encuentra con Abraham en su regreso de su victoria sobre Chedorlaomer. Melquisedec entrega pan y vino a Abraham, le bendice y alaba a El Elyón, el Creador del cielo y la tierra, responsable de la victoria de Abraham. Aquí se refiere a Melquisedec tanto como «Rey de Salem» como a «Sacerdote del  Altísimo». Las personas a menudo se pregunta quién fue Melquisedec. ¿Fue una figura puramente mítica, o fue un personaje histórico del tiempo de los patriarcas, a quien tiempo después se le atribuyeron características míticas?

Primero que todo, la naturaleza «episódica» o «misteriosa» de la apariencia de Melquisedec en la Biblia hebrea está clara: en la totalidad corporativa de las Escrituras hebreas, su nombre aparece tan solo dos veces (Génesis 14:18-20 y Salmo 110:4). Ambos se refieren a la misma figura, pero sin revelar demasiado sobre su identidad. El Melquisedec de la Biblia hebrea es un sacerdote-rey de la Jerusalén pre-israelita, pero su origen no está claro. Precisamente por esta figura misteriosa, anónima, sin genealogía ni descendencia, escribe un gran erudito judío de la Biblia, David Flusser que en ciertos círculos judíos del periodo del Segundo Templo, la historia bíblica de Melquisedec, se esparció como una especie de biografía mítica: Melquisedec vino a ser un ser pre-existente e inmortal. Incluso se pensó que había sido concebido en el vientre de su madre por la Palabra de Dios: por ejemplo, en un pasaje muy conocido de Qumrán, 11QMelch, Melquisedec es presentado como un salvador escatológico, no como un rey terrenal o sacerdote.  Refiriéndose a los sectarios de Qumrán, Flusser escribe: «Hubo aquellos que esperaron de él que fuese el juez de los últimos días, cuando él, junto con las fuerzas celestiales, indicarían los juicios de Dios para que los justos fuesen su suerte y su heredad».[3] La interpretación escatológica del Nuevo Testamento del Melquisedec bíblico está construida siguiendo líneas similares.

 

[1] Hebreos 11:8.

[2] Hebreos 11:9.

[3] David Flusser, Judaism and the origins of Christianity, Jerusalem, 1988, p.192.

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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