Retratos Bíblicos: Sara – Una Decisión Dolorosa

Como ya habrás notado, no escuchamos mucho de Sara durante los primeros años de su vida en la tierra. De hecho, ella no dice absolutamente nada, hasta que comienza la historia con Agar. Las primeras palabras que escuchamos de Sara inician esta historia:

 «Entonces Sarai dijo a Abram: “Mira, el Señor me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos”».[1]

Ya he escrito varias veces que la Biblia rara vez comenta las emociones, luchas y batallas que tienen los protagonistas en su corazón. Las Escrituras solo describen los hechos; cuando leemos: «Abraham se levantó muy de mañana, aparejó su asno…»,[2] solo podemos intuir lo que estaba sucediendo en el corazón de Abraham. Lo mismo sucede aquí con Sara: Las Escrituras no nos dicen nada sobre el enorme dolor que experimentó Sara cuando al final tuvo que admitir que «…el Señor le impidió tener hijos…» y decidió entregar a su sierva a su marido.

A veces los estudiosos dan la opinión de que entregar una sierva al marido debió ser una costumbre de aquella época, y por lo tanto, no fue un gran problema ni tampoco una experiencia traumática para Sara. Lo cierto es que no entenderemos del todo esta historia si ignoramos el hecho de que para ella fue una experiencia extremadamente traumática. Comenzó como una decisión muy dolorosa, y después, aumentó como una experiencia mucho más dolorosa y traumática de lo que ella jamás imaginó. El dolor de Sara es una gran parte de la historia —junto con el dolor de Agar, el dolor de Abraham, el de Ismael y el de Isaac—; toda la historia  parece estar entretejida por el dolor. Unos capítulos después, en Génesis 30, leemos sobre Leah: «Dios me ha dado mi recompensa porque di mi sierva a mi marido». Por eso le puso su nombre Issachar (יששכר)De este versículo y de este nombre, podemos concluir que, entregar una sierva al marido fue un trauma tan grande que podía esperarse una recompensa del Señor —y es a través de este dolor y este verdadero trauma que Sara decidió ir—.

¡Qué horrible decepción! ¡Qué terrible momento al que llegó! Todos esos años, el eco de sus magníficas promesas guardadas en su corazón con avidez, el deambular sin fin, la humillación en Egipto y aquellos agudos dolores de soledad que se apoderarían de todo su ser, cada vez que pensaba en todo lo que había dejado atrás para seguir a su marido. Sara fue capaz de pasar por todo aquello porque finalmente creía que algún día concebiría un hijo, y entonces, finalmente, todo lo que Dios prometió, empezaría a cumplirse. Después de todo, Dios le prometió a su marido: «Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición».[3] Él prometió: «Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada».[4] ¿Eso quería decir que, ella, Sara, si concebía un hijo llegaría a ser padre de esa multitud de descendientes?

Sin embargo, pasaron los años y nada sucedió. No fue hasta después de dos o tres, o incluso cinco años, que ella se rindió: «al cabo de diez años que había habitado Abram en la tierra de Canaán» —después de diez años de agonizante espera y marchitas esperanzas— «Y Sarai… tomó a Agar su sierva egipcia… y la dio por mujer a Abram su marido».[5]

Acabamos de hablar sobre el sorprendente parecido entre esta historia y la historia de la caída de Génesis 3. Ambas parejas envueltas en las historias —Adam y Eva en el primer caso y Abraham y Sara en el segundo— hicieron algo fuera de la voluntad de Dios y violaron su plan original. Remarcablemente, los mismos verbos son usados en ambos versículos y por eso sus acciones suenan igual en ambos casos. «Eva tomó ( ותקחel fruto… y dio (ותתן ) a su marido; Sara tomó a  (ותקח) Agar su sierva, la egipcia, y la dio (ותתן) a su marido».

Esta comparación, señalada por el autor de un magnífico artículo,[6] nos lleva a una clarísima conclusión: Agar no solo no participó en la decisión de Sara, sino que no pudo haberla tenido. Ella como mucho, fue el objeto utilizado para cumplir el deseo de Sara, como el fruto prohibido fue el objeto del deseo de Eva. En la historia de la caída, dos personas cargan con la responsabilidad; no podrías culpar al fruto por lo que pasó en el jardín. Exactamente de la misma manera, hay dos personas que son responsables de nuestra situación: Sara y Abraham. «Agar se convierte, en efecto, en el fruto prohibido»[7] que fue tomado por alguien y entregado a alguien más, pero que de ninguna manera puede ser responsable de aquellas acciones o de sus consecuencias.

Pero, ¿cuál fue el deseo de Sara? ¿Por qué lo hizo? Ella creyó con todo su ser que su familia fue escogida para cumplir el plan de Dios, que las promesas de Dios a la simiente de Abraham deberían cumplirse. Por lo tanto, no solo su decepción fue amarga, sino que fue casi insoportable su sentimiento de culpa, de que después de diez años, todavía no existiera la «simiente de Abraham». Ella estaba segura de que fue culpa suya; estaba segura de haber demostrado ser incapaz, (y por lo tanto indigna) para completar el plan de Dios. Aún así, ella sabía que su marido fue escogido por Dios para este plan, y en sus sentimientos de incapacidad, indignidad y culpa, ella realmente empezó a creer que era su tarea arreglar la situación y hacer que todo funcionase. La culpa es un combustible extremadamente explosivo, y si no se le da al Señor su tiempo, un fuego emocional es casi inevitable. En su desesperación, si bien no fue culpable, Sara ideó un plan y por un momento creyó sinceramente que su plan lo solucionaría todo.

«Quizá tendré hijos de ella…», dice Sara en Biblia en español. En las Escrituras hebreas originales dice algo diferente, así: «Quizá yo seré construida a partir de ella» אולי אבנה ממנה . Después de diez años de espera infructuosa (sin resultados), Sara se sintió perdida; ella no quería que las promesas de Dios a su familia se agotasen también. Ella quería que su familia aumentase, así pues intentó construir la familia. En hebreo ella usa la misma palabra «construir» que encontramos, por ejemplo, en la historia de Babel: «Y dijeron: “Vamos, edifiquémonos (נבנה לנו) una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo”».[8] Todos conocemos el final de esta historia. Así pues, es una triste historia y una severa advertencia para todo aquel que quiera construir por sus propios medios. Las Escrituras son muy claras con esto: Cuando nosotros intentamos construir algo por nuestros propios medios sin Dios o fuera de Dios, el resultado siempre es devastador. «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican…».[9]

 

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[1] Génesis 16:2.

[2] Génesis 22:3.

[3] Génesis 12:2.

[4] Génesis 13:16.

[5] Génesis 16:3.

[6] «Hagar, Sarah and their children: Jewish, Christian and Muslim Perspectives», Westminster John Knox Press, 2006; Chapter 1 , Phyllis Trible and Letty M. Russell, Unto the Thousandth Generation.

[7] Ibid.

[8] Génesis 11:4.

[9] Salmo 127:1.

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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