Retratos BÍblicos: Rebeca (3)

 

Mis queridos lectores, a estas alturas probablemente piensan que la parte más excitante de nuestra historia ha finalizando: nuestros héroes se han conocido y ese encuentro inicial estuvo muy bien —la muchacha casi se cae del camello cuando vio al novio por primera vez— ella quedó verdaderamente impresionada con él, así pues, ¿qué más podríamos esperar de esta historia? Pero les puedo asegurar que todavía hay detalles muy interesantes que descubrir, así pues, continuemos dibujando nuestro retrato bíblico —continuemos mirando a Isaac y a Rebeca—.

La historia de amor

Ya sabemos que esta historia, antes de llegar a ser una historia de amor, fue una historia de fe, y ahora podemos ser testigos de esta sorprendente transformación: la historia de fe se transforma en una historia de amor. Todo Génesis 24 expresa la fe de diferentes personajes —Abraham, su criado, Rebeca— pero al final de este largo y hermoso capítulo, después de todo lo que ha sucedido aquí, leemos:

“Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó; (יֶּאֱהָבֶ֑הָ) y se consoló Isaac después de la muerte de su madre”.[1]

Es muy importante destacar que en un sentido romántico, refiriéndose a una relación entre un hombre y una mujer, el verbo “amar” (en hebreo ahav) aparece aquí por primera vez en la Torá (y por segunda vez, después de todo: la primera vez que encontramos esta raíz es en Génesis 22, cuando Dios le dice a Abraham, “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas”). Los sentimientos de Isaac hacia Rebeca deben haber sido muy fuertes si la Torá encuentra necesario usar este verbo aquí. También es interesante destacar que en ambas ocasiones, el verbo “amar” es atribuido a Isaac: él era quien era amado en Génesis 22, y es quien ama en Génesis 24.

Hay algo más para aprender de este versículo: Isaac no solo fue un marido cariñoso, también fue un hijo tierno y amoroso. Tenía 40 años cuando se casó con Rebeca, y tenía 37 cuando murió su madre (Sara murió a la edad de 127 años). A propósito, es digno de mencionar que la tradición judía conecta la muerte de Sara con el Aqedat Itzhak, con los eventos de Génesis 22, lo cual significa que Isaac tenía 37 años cuando fue llevado al Monte Moriah, y no era un adolescente como a menudo es descrito por el cristianismo. Pero aunque la muerte de Sara no estuviese conectada con la Aqedah, las cuentas son las mismas: Isaac tenía 37 cuando murió su madre y tenía 40 cuando se casó con Rebeca —y las Escrituras nos dicen que él fue consolado solo después de casarse— así que durante tres años había estado llorando la muerte de su madre.

Un matrimonio piadoso

Antes de decir algo sobre este matrimonio, es importante señalar que Isaac fue el único patriarca que se mantuvo monógamo (a diferencia de Abraham o Jacob): Rebeca fue su única esposa durante toda su vida. Creo que este hecho por si solo habla mucho. Sin embargo, hay más:

Hay un versículo en Génesis 25 que invariablemente toca mi corazón: “Y oró Isaac a JEHOVÁ por su mujer, que era estéril; y lo aceptó JEHOVÁ, y concibió Rebeca su mujer”…[2]  Este versículo nos proporciona una visión de este matrimonio, de la más estricta e íntima relación de esa pareja, porque hay varias cosas, especialmente en hebreo, que hacen a este versículo especial.

Primero que todo, el mismo hecho de que Isaac orase por su mujer es muy significativo. Ambas, Sara, la esposa de Abraham y Raquel, la esposa de Jacob, fueron estériles durante un tiempo, pero no escuchamos una sola palabra en las Escrituras diciendo que Abraham oró por Sara. Todavía fue peor con Jacob: Cuando Raquel se quejó por su esterilidad, Jacob se enfadó y dijo: “¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?”[3] Puede ser que ellos también oraron, pero las Escrituras nos dicen explícitamente que solo Isaac “oró al SEÑOR” por la esterilidad de su esposa.

Segundo, la elección de las palabras del hebreo en este versículo es muy remarcable. La palabra “oró” aquí (en muchas traducciones es “rogó”) se presta a la palabra hebrea יֶעְתַּר (ye’etar), la cual tiene una connotación de compromiso apasionada de continuar hasta alcanzar el resultado deseado. Es aún más remarcable el hecho de que ambas frases: “Y oró Isaac a JEHOVÁ” y “lo aceptó JEHOVÁ”, usan la misma raíz hebrea: Cuando Isaac intercedió (וַיֶּעְתַּ֙ר יִצְחָ֤ק) delante del SEÑOR, el SEÑOR intercedió y respondió a su ruego (וַיֵּעָ֤תֶר לוֹ֙ יְהוָ֔ה).

Toda esta dinámica entre el ruego de Isaac y la respuesta del Señor, está completamente perdida en la traducción, porque ambas frases están traducidas con verbos absolutamente diferentes. Y aunque entendemos que esa es la dinámica, ese compromiso de continuar y persistir, es lo que trajo el resultado deseado: el SEÑOR le respondió y Rebeca su esposa concibió. Rashi escribe: “Él (Dios) se permitió a sí mismo ser rogado, apaciguado e influido por él”.

Mujer piadosa

Al principio hablamos de esta joven que fue al pozo cuando el sirviente permanecía orando allí. Incluso entonces, Rebeca demostró tener un corazón amable, humilde y servicial —ofreciéndose a sacar agua para los camellos, un trabajo enorme y cansado para una muchacha— aunque ella no creció en una familia creyente, tal como lo hizo Isaac, y no conocía a Dios, tal como Isaac. Sin embargo, el toque y el llamado de Dios en ese día, mediante Eleazar, fue tan real que ella decidió al momento aceptarle a Él en su vida y entregar su vida a Él. Todavía no conocía a Dios —sin embargo, ella le aceptó en su vida—.

Han pasado veinte años, y ahora vemos a Rebeca conociendo a Dios y permaneciendo firme y madura en su fe. Cuando ella no sabe lo que está sucediendo en su vida y con su embarazo, ella pregunta al Señor:

“Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová”.[4]  

A propósito, “consultar a Jehová” traduce aquí la misma expresión hebrea (אֶת־יְהוָֽה׃ לִדְרֹ֥שׁ  ) que a veces se traduce como “buscar al Señor”. Por ejemplo, leemos en Deuteronomio: “Mas si desde allí buscares a JEHOVÁ tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma”,[5]   תִדְרְשֶׁ֔נּוּ בְּכָל־לְבָבְךָ֖ וּבְכָל־נַפְשֶֽׁךָ׃. Esta expresión no suele ocurrir en la Biblia, y cuando sucede, nunca se refiere a una mujer —excepto aquí—. Una vez más, Rebeca es un personaje único: es la única mujer en la Biblia de quien se ha dicho explícitamente que fue a “consultar a Jehová”. No es sorprendente entonces, que ella efectivamente escuchó al Señor —porque ella fue a consultarle—. Yo creo que todos estamos familiarizados con la respuesta del Señor —la profecía que define las vidas de Jacob y Esaú—. La próxima vez analizaremos esta profecía ya que hablaremos sobre la maternidad de Rebeca y sus hijos.

[1] Génesis 24:67

[2] Génesis 25:21

[3] Génesis 30:2

[4] Génesis 25:22

[5] Deuteronomio 4:29

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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