Oculto Y Revelado En Lucas – Hechos

Antes y después

En mi post anterior subrayé porqué según Isaías 53:3 el ocultar el rostro ha sido un paso importante en el programa mesiánico y una característica prominente en la imagen del Siervo Mesiánico”. Por lo tanto, podríamos esperar que este concepto esté también presente en el Nuevo Testamento: el Mesías, oculto en el cielo desde el principio, viene a la tierra, pero sigue permaneciendo oculto, solo para ser revelado en el tiempo señalado. Por eso, si Jesús era el Mesías y tenía que cumplir con el programa mesiánico de Isaías 53, era necesario que ocultase su rostro, su estatus mesiánico necesitaba ser ocultado durante su vida y su ministerio. Por lo tanto, podemos sugerir que el mesianismo de Jesús fue entendido, no solo por él mismo, sino también por aquellos que describían su vida y su ministerio, en términos de un Mesías “escondido y revelado”—un Mesías cuyo mesianismo está oculto hasta el tiempo señalado, y solo revelado tiempo después—. ¿Encontramos pruebas de este concepto en el Nuevo Testamento?

Ya que Lucas es el único autor que describe tanto la vida terrenal de Jesús como el ministerio de sus discípulos después de la crucifixión y resurrección, son los escritos de Lucas los que nos proporcionan una única oportunidad para seguir el desarrollo de este antes y después del tema. Mientras escribía sobre la vida terrenal de Jesús, Lucas continuamente le describe ocultando su mesianismo (y llamándose a sí mismo como Hijo del Hombre, en lugar de Mesías), mientras que en Hechos, el secreto del mesianismo de Jesús cede ante la proclamación pública y ahí vemos los implacables esfuerzos de sus discípulos en comunicar a todos su mesianismo.

 

Él le mandó que no lo dijese a nadie

Empecemos por el primer caso en Lucas, donde vemos a Jesús prohibiendo hacer público su mesianismo. Sigue inmediatamente después del episodio conocido sobre el rechazo de Jesús en la sinagoga de Nazaret, en el capítulo 4. Vemos que a diferencia del pueblo de Nazaret, habían algunos que le reconocieron como Mesías —estos eran los demonios, pero Él siempre les prohibió que lo proclamaran —. Así pues, el endemoniado de Capernaum ocurre en Lucas 4:33, cuando el Mesías es saludado y Jesús le reprende: Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz, diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios. Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate, y sal de él.[1] En la descripción en 4:40 esta confesión demoniaca del Mesías es formulada otra vez y allí Jesús prohíbe a los demonios que proclamen su mesianismo: Y Él le reprendió, no les permitió que hablasen, porque ellos sabían que Él era el Cristo. [2]

De la misma manera, los enfermos también fueron objeto de semejante veto. Encontramos la prohibición de Jesús tanto en la historia del leproso como en la resurrección de la hija de Jairo. Después de que el leproso fuese limpio, y él le mandó que no lo dijese a nadie[3]; después de la resurrección de la hija del jefe de la sinagoga, Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido.[4] Vemos que “Jesús está manifiestamente preocupado de que la proclamación de sus milagros le empujen a levantar el velo”.[5]

Sin embargo, la historia del gentil endemoniado del país de los gadarenos, revela una excepción. En este caso, la orden de Jesús al hombre que fue sanado es muy diferente de lo que Él mandó a sus conciudadanos judíos en situaciones similares: Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo.[6] Es importante señalar que este caso proporciona la única excepción en todo el Evangelio: en todos los otros casos, Jesús rápidamente evita los títulos mesiánicos y se opone firmemente a que se propaguen sus milagros. Vemos a Jesús evitando el título de Mesías incluso mientras hablaba con sus discípulos. Cuando Él les pregunta: “¿Y vosotros quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo (Mesías) de Dios”. En lugar de confirmar la revelación, como sucedió en Mateo, pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo rigurosamente, y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas…[7] Incluso aquí y ahora, tiene mucho cuidado al decir: El Cristo (Mesías) ha de sufrir muchas cosas, como uno seguramente esperaría que dijese después de la confesión de Pedro.

Proclamado desde las azoteas

Así pues, vemos que en el Evangelio de Lucas, Jesús continuamente prohíbe a sus conciudadanos que hablen de su dignidad mesiánica y de sus milagros, mientras que al mismo tiempo Él les permite a los gentiles que digan esas cosas. Pero cuando abrimos el segundo volumen del mismo autor —el libro de Hechos— el contraste es bastante drástico. No hay palabras que describan mejor este súbito cambio en el ambiente, del Evangelio a los Hechos, más que el versículo del mismo Lucas: Lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas.[8] Aquí en Hechos, ya no se oculta nada más, y la dignidad mesiánica de Jesús es proclamada a voces y públicamente: contrario a oculto, escondido, apenas revelado al oído el secreto de la dignidad mesiánica de Jesús en el Evangelio, hay una proclamación abierta de su Mesianismo en el libro de Hechos. En estos tres discursos públicos —en los capítulos 2, 3 y 4 de Hechos— Pedro está proclamando en alta voz, casi literalmente en las azoteas que Jesús de Nazaret es el Mesías: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.[9] Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel. De repente, el secreto, el conocimiento esotérico del Evangelio, se convierte en un mensaje ampliamente difundido en Hechos. En algún lugar, entre el Evangelio y el libro de Hechos, el secreto del mesianismo de Jesús es revelado.

En este sentido, la crucifixión de Jesús es sin duda el punto cardinal de la historia, el tiempo señalado para que el Mesías Oculto sea revelado. Si retrocedemos desde este punto, vemos a Jesús escondiendo su mesianismo; si vamos hacia delante, escuchamos a sus discípulos proclamando su mesianismo abiertamente y sin descanso. Por eso es que en el último capítulo del Evangelio de Lucas, tenemos la historia de Emaús. Lucas, un gran escritor, quiere que examinemos de nuevo el Evangelio completo a la luz de este capítulo —y también mirar el libro de Hechos a la luz de este capítulo—. La próxima vez, analizaremos juntos esta maravillosa historia para que podamos entender mejor esta abrupta transición del Evangelio a Hechos—del Mesías Oculto al Mesías Revelado—.

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[1] Lucas 4:33-35

[2]  Me gustaría recordarles que Cristo (del griego Χριστός, Christós) significa “el Ungido”, el Mesías.

[3] Lucas 5:14

[4] Lucas 8:56

[5] William Wrede, The Messianic Secret, p.11

[6] Lucas 8:39

[7] Lucas 9:20-21

[8] Lucas 12:3

[9] Hechos 2:36

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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