La Revocación Sagrada (2)

Revocando el mal

Mis queridos lectores, por mucho que me gusten las series, no había planeado hacer una serie sobre «La Reversión Sagrada»; pensé que sería solo el título para un artículo particular acerca de la primera parte de la Torá. Sin embargo, habiendo introducido la segunda porción, Noé, me di cuenta de que el título es todavía muy relevante para esta porción. ¿Por qué? Porque el diluvio llegó como juicio por la corrupción de la tierra, y como he escrito varias veces antes, el judaísmo del Segundo Templo creyó que los vigilantes —los ángeles rebeldes de Génesis 6:1-4— fueron los culpables de esparcir el mal sobre la tierra. Una vez más, les recomiendo leer el magnífico libro del Dr. Michael Heiser, el cual muestra claramente que el judaísmo del Segundo Templo no solo vio la historia de una rebelión sobrenatural en Génesis 6:1-4, sino uno de los versículos centrales de la teología bíblica y de comprender el plan de Dios en la historia. Ya que los escritores del Nuevo Testamento pertenecieron al judaísmo del Segundo Templo, esta comprensión de los vigilantes —siendo responsables de esparcir el mal sobre la tierra— y el tema de revocar los efectos de este mal, tuvieron que ser parte de su teología. «Por  consiguiente, no debería ser sorpresa que el pecado de los vigilantes estuviese almacenado en sus mentes cuando ellos escribieron sobre lo que el Mesías, Jesús de Nazaret debía, haría y repararía con su llegada y retorno».[1] Los escritores del Nuevo Testamento sabían que la misión de Jesús fue revocar el mal, y si ellos creyeron que el mal fue introducido y esparcido por los vigilantes, entonces Jesús tenía que revocar lo que los vigilantes hicieron.

Probablemente habrán escuchado la expresión hebrea: Tikún Olám, «reparación del mundo». El uso documentado de este término se remonta al periodo de la Mishná (aproximadamente 10-220 d.C.).  Esto quiere decir que el término y concepto podría haber existido muy bien en tiempos de Jesús, y que para los escritores del Nuevo Testamento, la idea de la revocación del mal de los vigilantes podría haber sido parte de esta teología sobre el Tikún Olám.

Incluso hoy en día, una parte esencial de la última tradición judía, es la creencia de que cuando venga el Mesías, todo será reparado. Incluso algunos textos judíos dicen que hasta los cerdos serán kósher en el tiempo de la redención: («¿Por qué al cerdo se le llama jazír (en hebreo)? —porque en el futuro, Dios lo regresará (חזיר-להחזיר; le-hajazír) a Israel»—. Sin embargo, solo una persona podía reparar el mundo de forma tan profunda —solo una persona podía revocar el mal y restaurar el orden divino del cielo en la tierra—: el Mesías.

Por eso, si mantenemos en mente estos elementos de la teología judía del tiempo de Jesús: los vigilantes siendo responsables por esparcir el mal en la tierra; el concepto de Tikún Olám, «reparación del mundo»; la creencia de que cuando llegue el Mesías todo será reparado, entonces podremos ver que el Nuevo Testamento está construido alrededor de la creencia en el Tikún Olám mesiánico —la revocación mesiánica del mal—. Y aquí hay un ejemplo realmente sorprendente:

«La transfiguración como confirmación de la revocación».

En los tres Evangelios Sinópticos leemos la historia de la transfiguración; es importante señalar que en los tres Evangelios, este dramático evento sucede justo pocos días antes de la confesión de Pedro:

«1 Después de seis días, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; 2 y se transfiguró delante de ellos. Su rostro resplandeció como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. 3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él».[2]

¿Dónde fue la transfiguración? ¿Qué fue ese «monte alto»? Empezando por los padres de la Iglesia primitiva, se ha creído ampliamente que el lugar de la transfiguración fue el Monte Tabor, localizado en  Baja Galilea, al Oeste del Mar de Galilea. Sin embargo, los mismos Evangelios no dan el nombre de ese «monte alto». Por eso, junto con la «tradición del Monte Tabor» (y muchos estudiosos todavía mantienen esa idea), otra tradición ha sido desarrollada, confirmando el Monte Hermón como lugar de la transfiguración.

El Monte Hermón es la montaña más alta de Israel, está situado en la parte Norte del país, no muy lejos de la ciudad llamada Cesarea de Filipo. En Mateo 16; donde Pedro confiesa a Jesús como el Mesías, leemos: «Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”»[3]. Como mencioné anteriormente, en los tres Evangelios Sinópticos, la transfiguración tiene lugar después de la confesión de Pedro, por eso, podría tener sentido para este dramático evento, que tuviese lugar en la misma región donde ocurrió la confesión de Pedro. Entonces, incluso sin importar la historia sobre los vigilantes, tan solo basándose en la proximidad de Cesarea de Filipo y en la altura de la montaña, algunos estudiosos identifican el monte de la transfiguración como el Monte Hermón.

Esta identificación, sin embargo, se vuelve incomparablemente más significativa si la miramos contra el telón de fondo en la historia de los vigilantes. Recordemos que, según 1 de Enoc, el Monte Hermón fue el lugar donde descendieron los vigilantes. Allí ellos se unieron bajo juramento para corromper la humanidad: «Entonces todos juraron y se unieron unos a otros bajo maldición. Y fueron, todos ellos, doscientos que descendieron en los días de Jared sobre la cima del Monte Hermón».[4]

Así pues, para el judaísmo del Segundo Templo, el Monte Hermón vino a ser emblema de la maldad de los vigilantes. En este contexto, todo el evento sobre la transfiguración se vuelve incluso más dramático y significativo. Piensa en esto: Jesús sube al Monte Hermón precisamente por su misión —revocar el mal esparcido desde el Monte Hermón—. La transfiguración marca un punto de inflexión en los Evangelios Sinópticos, especialmente en Mateo: después de eso vemos a Jesús regresando una vez más a Jerusalén y a los sufrimientos y muerte que allí le esperan. Antes de eso, sin embargo, sucede este dramático evento: Jesús es transfigurado y revelado con toda su gloria celestial en el Monte Hermón. El significado de esta confirmación está claro: «la expansión del mal comenzó allí, y yo vine para revocar el mal y reparar el mundo». «Cuando Jesús escogió ir al Monte Hermón para ser transfigurado, él estaba proclamando el reino de Dios».[5]

 

[1] Heiser, Michael S., Reversing Hermon: Enoch, the Watchers, and the Forgotten Mission of Jesus Christ (Kindle Locations 928-930).

[2] Mateo 17:1-3.

[3] Mateo 16:13.

[4] 1 Enoc 6:5,6.

[5]  Heiser, Michael S., Reversing Hermon: Enoch, the Watchers, and the Forgotten Mission of Jesus Christ, (Kindle Locations 1218-1222).

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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