Retratos BÍblicos: JudÁ (3)

EL MENSAJE OCULTO

Finalmente llegamos a la parte más interesante de la historia, la “acción” de la historia, la cual, según el texto, sucede “bastante tiempo después” —bastante tiempo después de los eventos que comentamos en la parte anterior—.

Leemos que bastante tiempo después, “la hija de Súa, la esposa de Judá, murió” —y cuando su periodo de duelo finalizó, “Judá subió a ver a sus trasquiladores de ovejas en Timna, él y su amigo Hira el adulamita”. Y aquí Tamar vuelve a salir en escena: leemos que se le dijo a ella: “Mira, tu suegro sube a Timna a trasquilar las ovejas”. ¿Qué hizo Tamar al escuchar las noticias?

Recordemos que Tamar ya era aguna por un largo tiempo, porque estaba comprometida con Sela, y aunque “Sela ya era hombre, ella no había sido entregada a él como esposa”. Después de la tragedia que había experimentado (dos veces), parecía ser que ella permanecería sin hijos. Sin embargo, ella decidió que la falta de sinceridad de su suegro hacia ella, no la privaría de tener hijos y ser parte de la familia de Dios, así que aparentó ser una prostituta para poder atrapar a su suegro. Ella se quitó los vestidos de viudez, se cubrió con un velo, se envolvió con él, y se sentó en un espacio abierto, en la entrada del camino a Timna”.

En muchas traducciones leemos que se sentó en un espacio abierto. Algunas veces, el nombre del lugar donde se sentó está transcrito: “se sentó en la entrada de Enaim”. Aunque si leemos la historia de Judá y Tamar en hebreo —quedaremos sorprendidos por el nombre del lugar—: בְּפֶתַח עֵינַיִם BePetach Eyanim, literalmente: “en la abertura de los ojos”. Estas palabras son increíblemente significativas y realmente designan de qué se trata esta historia —es sobre el “abrir los ojos”—. En este punto, los ojos de Judá todavía están cerrados, pero no permanecerán así. Por eso es que Tamar, la herramienta inesperada e improbable de Dios, se sienta en ese lugar —porque Dios quiere abrir los ojos del corazón de Judá—.

¡DISCIERNE, POR FAVOR!

Cuando Judá vio a Tamar, no la reconoció y la tomó como a una prostituta. Como pago a su servicio, él prometió enviarle un cabrito, lo que nos lleva de regreso a la historia de la venta de José en el capítulo anterior. ¿Recuerdan que los hermanos mataron un cabrito, sumergieron la túnica de José en la sangre y la enviaron a su padre? Más aún, cuando vemos a Jacob recibiendo esa túnica, no podemos dejar de recordar que el mismo conjunto con el que Jacob fue engañado —vestiduras especiales y un cabrito muerto— fue también utilizado por Jacob y Rebeca para engañar a Isaac. Parece ser que, iniciando desde Génesis 3, cada vez que tenemos un animal y vestiduras especiales, estas sirven como coberturas de algún pecado grave o engaño. Sin embargo, la historia terminará de forma distinta —será sobre la abertura de ojos—. Así pues, Tamar pidió una prenda: “¿Me entregarás un prenda hasta que lo envíes?” Ella pidió por su “sello, cordón y personal”, y sorprendentemente, él le entregó los objetos.

Aprendemos que mediante este engaño, Tamar queda embarazada de Judá: “ella concibió de él”. Cuando unos tres meses después, le dijeron a Judá que “Tamar tu nuera… quedó embarazada por prostitución” Judá dijo: “Traéla aquí y que sea quemada”. Tamar todavía era considerada como la prometida de Sela, y Judá, como cabeza de familia, tenía poderes judiciales. Su decisión era a la vez dura y rápida.

Pero entonces, sucede algo muy importante. Cuando Tamar trae los objetos personales de Judá, ella dice: ¡Discierne, te ruego! – הַכֶּר־נָ֔א. En inglés, nada nos parece como algo inusual en esta frase —sin embargo, en hebreo uno ve que hace una conexión entre estas dos historias —la historia de la venta de José y la historia de Judá y Tamar— absolutamente evidente. Esta expresión, הַכֶּר־נָ֔א, discierne, reconoce, aparece solo dos veces en toda la Torá, y ¿pueden adivinar cuándo se utilizó primero? Justo en el capítulo anterior, cuando los hermanos llevan las vestiduras de José a Jacob y dicen: discierne, por favor, si son las ropas de tu hijo: הַכֶּר־נָ֗א —discierne, reconoce, examina—. Una vez más, en toda la Torá esta expresión aparece solo en estos dos capítulos: Génesis 37 y 38. En el primer caso, Judá fue un engañador, pero ahora es el engañado. La decepción de Judá vuelve a visitarle con sus propias palabras —y en este mismo momento, cuando Judá escucha estas palabras, su corazón se hace pedazos por el reconocimiento—. No solo por reconocer sus propios objetos, sino mucho más profundo, por reconocer su propia culpa. Ahora, desde luego, sus ojos están abiertos, y él tiene un verdadero cambio de corazón. Él confesó y se arrepintió.

LA CONFESIÓN DE JUDÁ

Ahora llegamos al clímax de la historia —la confesión de Judá: “Y Judá los reconoció, y dijo: más justa es ella que yo por cuanto no le he dado a mi hijo Sela”. 

Leemos una hermosa descripción de esta transformación en el Midrash: “Entonces Judá se levantó y dijo… Yo hago saber que con la medida con que un hombre mida, así será medido, sea para bien o para mal, pero feliz el hombre que reconoce sus pecados. Porque yo cogí el manto de José, y lo manché con sangre del cabrito, y entonces lo puse a los pies de mi padre diciendo: reconoce ahora si este es el manto de tu hijo o no, por lo que yo debo confesar ahora, ante la corte, a quién pertenece este sello, este cordón y este personal”.

Desde luego el Midrash simplemente rellena los espacios que las Escrituras dejan vacías. Aún y así, hay un punto que no debe ser olvidado: Judá es la primera figura bíblica que está preparada para reconocer su pecado. En lugar de decir: ‘ella es la culpable’, como Adán, Judá dice: ‘yo soy el único culpable’. Ella es más justa que yo. Judá es la primera persona en el libro de Génesis —y por lo tanto de toda la Biblia— en confesar su pecado, hacerse responsable de ello y cambiar su conducta: él se arrepiente. Más aún, él no lo hace bajo presión externa: su estatus social era incomparablemente más bajo que el de él —una mujer, una viuda y probablemente una cananea—. Si la palabra de él estaba contra la palabra de ella, nadie le hubiera creído. Pero Dios quería abrir los ojos de su corazón y por eso nosotros somos testigos de su profunda transformación interna. Las Escrituras aseguran que nosotros sabemos que el Judá que va después a Egipto y habla con José, no es el mismo Judá que vimos en el capítulo 37: este Judá ha pasado por una profunda transformación —tiene un corazón distinto—.

La próxima vez, en nuestro post final sobre Judá, veremos cómo su transformación afectará toda la historia de José —y toda la historia de Israel—.

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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