Tres Más Cuatro: Jacob

Mis queridos lectores, todavía estamos en la parte «tres» de la serie «TRES MÁS CUATRO». Nuestra última entrega de esta parte trata sobre Jacob el patriarca. Hoy profundizaremos en la historia de su camino de regreso a la tierra de Israel después de 20 años de exilio y descubriremos los detalles sorprendentes y las verdades espirituales aún más sorprendentes a las que apuntan estos detalles. Juntos estamos redescubriendo la Biblia hebrea en estas páginas.

EL ROBO DE JACOB

Comenzaremos en Génesis 31. Después de largos años de servir a Labán, Jacob decide regresar a su tierra. Toma a su familia y sus posesiones, y se va. Su esposa Raquel roba (ותגנב רחל) los ídolos de su padre. Aquí la palabra תגנב es la misma palabra que tenemos en los Diez Mandamientos. Cuando Labán lo alcanza y lo acusa de robar sus ídolos, Jacob se siente insultado por tal sospecha. Está convencido de que no puede haber bienes robados en su campamento. Jacob sabe que robar es un pecado grave y la sola idea de que se le sospeche de un robo le resulta insoportable. Indignado por la acusación y sin saber del robo de su esposa, invita a Labán a registrar todo el campamento.

Y, sin embargo, no es consciente de que también ha cometido un robo. Para nuestra gran sorpresa, en el siguiente versículo después del robo de Raquel, la misma palabra se refiere a Jacob: ויגנב יעקב. Por lo tanto, descubrimos que Jacob también robó: «robó el corazón de Labán», porque no le informó que se iba con todas sus esposas e hijos, es decir, las hijas y los nietos de Labán. Toda su partida, o más bien huida, fue tan indecorosa e impía que la Escritura, usando la misma palabra, lo acusa del grave pecado del hurto: ויגנב יעקב את-לב לבן. El mensaje de la Escritura es claro: ¡robar un corazón también es pecado ante los ojos de Dios!

Hay otra conexión aquí que se pierde en la traducción, pero es muy clara en las Escrituras hebreas. Como todos sabemos, Labán busca en las tiendas pero no encuentra a sus ídolos: Raquel los esconde sentándose sobre ellos. Así la historia pareció terminar favorablemente. ¿Pero es realmente el final? Poco después de llegar a la tierra, Raquel, todavía una joven, muere inesperadamente al dar a luz. La mayoría de los lectores no conectan esta muerte con la búsqueda de Labán en Génesis 31. Sin embargo, los comentaristas judíos conectan este trágico evento con el juramento de Jacob a Labán: «Con quien encuentres tus dioses, no lo dejes vivir».[1] Este juramento se cumplió, no por Labán, sino por Dios mismo: el que había robado los terafines, tenía que morir.

El hebreo muestra que tanto Jacob como Raquel también se dieron cuenta de esta conexión. El nombre que la madre moribunda le da a su hijo —Bén-Oni— probablemente significa «el hijo de mi iniquidad» (און שלי, «mi maldad»). Comprensiblemente Jacob no quería que el niño llevara este nombre, por lo que lo llamó Benjamín, «hijo de la mano derecha», que también puede interpretarse como «hijo del juramento», ya que la mano derecha en la Biblia a menudo simboliza un juramento.

Las Escrituras nos hablan de las leyes del mundo espiritual. Invisibles y frecuentemente ignoradas, son, no obstante, tan inviolables como la ley de la gravedad. Por eso la búsqueda de Raquel, que en realidad había robado y sin embargo no se encontró nada, termina con su trágica muerte; por eso Jacob, que todavía no sabía que «robar un corazón» o engañar era pecado, necesitaba desesperadamente la experiencia Peniél, ¡la que cambiará su nombre y cambiará su corazón!

¡DEL LUGAR DE DIOS AL ROSTRO DE DIOS!

(פְּנִיאֵלPeniél) —el lugar de la lucha de Jacob con Dios— en hebreo significa «rostro de Dios». Fue allí, en Peniél, que como dijo Jacob, vio a Dios «rostro a rostro» (de ahí el nombre del lugar); fue allí, en Peniél, donde no solo cambió el nombre de Jacob, sino también su corazón. En español, este nombre, «rostro de Dios» llega bastante inesperado; sin embargo, en hebreo la idea de paním («rostro») es ciertamente uno de los motivos principales de toda la narración del regreso de Jacob a la tierra. La raíz (פָּנִיםpaním), y las palabras derivadas de esta raíz, aparecen muchas veces en los versículos hebreos que preceden al encuentro con Peniél. Para entender la diferencia entre los textos hebreo e hispanos, leamos, por ejemplo, Génesis 32:20… «Porque pensó:  Lo pacificaré con estos dones que envío adelante; más tarde, cuando lo vea, tal vez me reciba”». La palabra «rostro» no se usa ni una sola vez en esta traducción (ni en muchas otras), mientras que en hebreo, solo en este versículo, la palabra paním aparece cuatro veces. Esto construye un caso y nos prepara para el nombre Peniél.

Pero hay algo más que se puede ver en la historia de Jacob cuando se lee en hebreo. El encuentro con Peniél ocurre durante la última noche de Jacob fuera de la tierra. Probablemente recuerdes «La escalera de Jacob», el sueño de Jacob en el camino de Beer-Sheba a Harán, durante su última noche en la tierra. Cuando se lee este capítulo en hebreo, encontramos que casi tantas veces como la palabra «rostro» aparece en el Capítulo 32, el término (מָקוֹםmakóm), «lugar», aparece aquí en el Capítulo 28. Recuerda, aquí Jacob está a punto de abandonar la tierra en su camino hacia el exilio. Su encuentro con Dios en el sueño probablemente sucedió durante su última noche en la tierra y, hasta donde sabemos, esta fue la primera vez que Dios le habló personalmente. Cuando Jacob despertó de su sueño, pensó: «Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Tuvo miedo y dijo: “¡Qué asombroso es este lugar! Esta no es otra que la casa de Dios; esta es la puerta del cielo”». Por lo tanto, vemos muy claramente que, en ese momento, este encuentro que cambió la vida y el nuevo concepto de Dios de Jacob estaba muy conectado con este lugar.

Sorprendentemente, antes de este sueño, antes de su última noche en la tierra, leemos: «Y llegó a cierto lugar y se quedó allí esa noche, porque el sol se había puesto». Y luego, después del encuentro con Peniél, leemos: «Y pasando sobre Penuél, le salió el sol». ¿Ves la belleza de esta narrativa? Estos dos encuentros con Dios, cuando Jacob deja la tierra y cuando regresa, forman una peculiar inclusión literaria. La puesta del sol al comienzo del viaje de Jacob y la salida al final parece poner entre paréntesis todo su viaje. Dentro de estos «paréntesis» divinos vemos una hermosa progresión que no debemos perdernos: la progresión de la fe de Jacob; la progresión de su conocimiento de Dios; la progresión de la revelación: ¡del lugar de Dios al rostro de Dios!

 

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[1] Génesis 31:32.

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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