Descifrando El Nuevo Testamento: El Cordero (3)

El cordero de la Pascua

Esta es nuestra última entrega de la serie «El cordero» y aquí hablaremos sobre el cordero de la Pascua. Así como la Aqeda, la Pascua mantiene un lugar único en la tradición judía, y para poder comprender apropiadamente el significado espiritual de los símbolos del Nuevo Testamento, no podemos ignorar el hecho de que la Pascua judía, tal como fue entendida en los tiempos de Jesús, proporciona no solo los antecedentes, sino la mismísima base de la soteriología del Nuevo Testamento.

Es aquí donde encontramos por primera vez la imagen del sacrificio del cordero como base de la salvación. La muerte del cordero en Éxodo, con cuya sangre marcaron los dinteles de las puertas, fue el símbolo, la promesa y el fundamento para la salvación de Israel de la tierra de Egipto. El cordero «como inmolado…»,[1] en el libro de Apocalipsis, se percibe como símbolo de la salvación traída a toda la tierra. ¿Hay una conexión entre estos dos corderos?

La conexión entre Jesús y la Pascua es evidente: Los relatos del Nuevo Testamento sobre la muerte de Cristo se refieren o aluden a la preparación del cordero de la Pascua de una manera tan clara que no tenemos ninguna duda de que los evangelistas presentaron conscientemente a Cristo y su muerte como su Pascua. La herida en el costado de Cristo en Juan 19:34 recuerda la normativa de la Mishna de «cortar el corazón y dejar brotar la sangre». El Evangelio de Juan muestra la muerte de Jesús como si sucediese precisamente en el momento de los sacrificios de la Pascua en el templo de Jerusalén. El versículo 36 de Juan 19: «…No será quebrado hueso suyo» es una referencia muy clara de la Pascua[2]. Todo esto muestra cómo los escritores del Nuevo Testamento vieron la muerte de Cristo como un evento de la Pascua —como un sacrificio del cordero de la Pascua—.

No es menos revelador el versículo que encontramos en la primera epístola de Corintios (aunque, como ya mencioné previamente, no existe la palabra «cordero» en las cartas de Pablo): «Limpien la levadura vieja para que sean masa nueva, así como lo son en realidad sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificada»[3]. Sin duda Pablo tuvo en mente el sacrificio de la Pascua mientras escribía, y la lógica de este versículo, aunque nos parezca extraño en una primera lectura, se comprende perfectamente al compararlo con el contexto del sacrificio de la Pascua: una vez que el cordero de la Pascua es sacrificado, el pan no tiene levadura. Es muy probable que el apóstol aquí se refiera a la costumbre de «bedikat jametz» —la ceremonia de la «búsqueda de la levadura»— que existió en tiempos de Jesús y que todavía existe en los hogares judíos, tanto en Israel como en la dispersión: en el atardecer del 14 de Nisán, se inspecciona todo lugar posible e imposible de la casa, no sea que haya alguna migaja por ahí.

 

Diferente percepción

Las palabras nuestra Pascua sin duda se refieren al cordero de la Pascua, el cual tuvo que ser sacrificado y comido en memoria del éxodo y el cual también fue un recuerdo del cordero de la Aqeda. Muchos académicos coinciden en que «la asociación de la Aqeda con la Pascua fue bien establecida antes del comienzo de la era cristiana»[4]. Esto significa que el vínculo entre el sacrificio de Jesús y el sacrificio de Isaac fue casi inevitable una vez que fue establecida la asociación de Jesús con la Pascua. Sin embargo, tenemos que darnos cuenta, que los únicos lectores de este versículo, para quienes efectivamente este hecho —que nuestra Pascua significa el cordero de la Pascua— fue obvio y comprensible, fueron los seguidores judíos de Jesús. Para un lector cristiano gentil no hubo nada comprensible en la identificación de la Pascua (o Pascha, como a menudo se traduce) con el cordero. Sí, la palabra sacrificio todavía aporta a este versículo la imagen del cordero que fue sacrificado, y como un lector gentil, que no conoce nada sobre el Pesaj judío y la Aqedat Itzjak, leería el versículo de Pablo a través de una cristología desarrollada: Cristo es el cordero que fue muerto y con cuya sangre, los elegidos, habiendo sido salvados y purificados del pecado (que es la levadura) se hicieron pan sin levadura. Como en muchas otras imágenes y símbolos originalmente judíos, vemos aquí un inconsciente cambio de un conjunto de significados a otro —una asimilación casi ingenua de los símbolos judíos por la tradición cristiana gentil.

Podemos resumir ahora nuestro comentario y tratar de comprender esta percepción absolutamente diferente del cordero por parte de gentiles y judíos. Cuando un judío del siglo I se refería a alguien como al «cordero de la Pascua», implícitamente aplicaba a esta persona una colección entera de implicaciones, conectadas tanto con el sacrificio de la Aqeda como con el éxodo. Así pues, al decir que Jesús fue el cordero de la Pascua, sabía que la virtud salvadora del cordero de la Pascua procedía de los méritos del primer cordero, vinculado al Monte Moriah. Pero cuando la nueva creencia judía comenzó a convertirse en una religión gentil, también comenzó el proceso de eliminar esta tradición del «cordero» de su significado original. Rápidamente, todos los detalles de la Pascua judía original perdieron su significado original para los creyentes gentiles y vino a ser tan solo parte del código religioso de la nueva teología cristiana. En el momento en que el cristianismo se estableció, el proceso se completó. Mientras que para los primeros creyentes judíos, toda la comparación con el cordero de la Pascua fue significativa solo por la imagen ya existente del sacrificio de la Pascua y su conexión con la Aqedat Itzjak, para los gentiles cristianos, la imagen del «cordero» no tuvo otro significado excepto que el de Cristo, quien fue «sacrificado por nosotros». Cuando en el Evangelio de Juan, Juan el Bautista llamó a Jesús «el cordero», se refirió al cordero de la Pascua o al sacrificio de la Pascua, con su poder expiatorio basado en el primer y exclusivo sacrificio—Aqedat Itzjak—. Aún y así, el significado de esta alusión original desapareció completamente para las generaciones de los lectores cristianos. La imagen del cordero, tal como fue desarrollada en el cristianismo posterior, difícilmente reconocería sus ancestros judíos.

[1] Apocalipsis 5:6

[2] Ver Éxodo 12:46

[3] 1 Corintios 5:7

[4] Geza Vermes, Redemption and Genesis XXII,p.215

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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