Retratos BÍblicos: JudÁ (final)

JUDÁ Y SUS HERMANOS

La última vez dejamos nuestra historia justo después de haber encontrado la copa en el saco de Benjamín. Supongo que comprenderán que esta ya era la última prueba. Teóricamente, los diez hermanos podían haberse ido a casa —estaban completamente libres de hacerlo, el mayordomo lo dejó claro—: “aquel en quien se hallare será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa”.[1] Más aún, ellos tenían una buena excusa —sus familias estaban hambrientas y verdaderamente debían llevarles alimentos—. Entonces todos podrían haber dejado a Benjamín y haber marchado a casa; puedo imaginar a José sentado en su palacio, casi mordiéndose las uñas, esperando a ver quién regresaría: Benjamín solo, o bien todos los hermanos. Se sintió muy aliviado de verlos a todos regresar: de hecho, el que todos regresaran juntos era una buena señal —los hermanos habían superado otra prueba—.

Y, como lo mencioné la última vez, a partir de ahora esta historia se convierte en la historia de Judá y sus hermanos. Leemos en Génesis 44:14:

Vino Judá con sus hermanos a casa de José, que aún estaba allí, y se postraron delante de él en tierra.

¿Saben dónde se encuentra en la Biblia esta misma expresión: “Judá y sus hermanos”? Cuando abrimos el Nuevo Testamento, leemos en Mateo: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos”. Judá y sus hermanos —así es como las Escrituras ven la historia—. ¿Por qué? Para poder responder esta pregunta, necesitamos recordar la historia de Judá y Tamar y el arrepentimiento y confesión de Judá allí. En el capítulo 38, la narrativa de Judá/Tamar, vino a ser parte de la historia de José, precisamente por eso: las Escrituras se aseguran que sepamos que el Judá que conocemos, quien más tarde va a Egipto y habla con José, no es el mismo Judá que vemos en el capítulo 37, en la historia de la venta de José. Este Judá, quien ha experimentado la terrible tragedia de perder a dos de sus hijos, tiene un corazón arrepentido y humilde y ha pasado por un profundo arrepentimiento y transformación.

DIOS HABÍA ENCONTRADO

¿Qué sucede cuando Judá y sus hermanos regresan y se presentan delante de José, después del presunto “crimen” de Benjamín con la copa robada? Parece ser que su inocencia en esta acusación, que hasta no hace mucho habían defendido con tanta furia, se desmorona ante una ola de arrepentimiento que cae sobre sus almas. Al final vemos ese arrepentimiento en las palabras de Judá, ya que él es quien habla:

Entonces dijo Judá: ¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos, o con qué nos justificaremos?[2]

¿Qué podemos decir? ¿De qué podemos hablar? Y ¿cómo podemos justificarnos? En estos momentos él ciertamente había llegado a comprender que lo que les estaba sucediendo era algo entre ellos y Dios —los hermanos no tenían razón ni manera de justificarse ellos mismos—. El Espíritu de Dios estaba trabajando detrás de toda esta escena —tocando sus corazones y Él mismo guiando el diálogo entre ellos—. Si bien ellos no eran culpables de este crimen en particular, bajo el liderazgo de Judá, aceptaron la culpa y el castigo de Aquél, ante quien habían pecado tan terriblemente tiempo atrás—. Judá sigue: Dios ha hallado la maldad de tus siervos”.[3] En hebreo no es “encontró”, sino más bien “descubrió” —מצא—como si todos estos años hubieran estado verdaderamente jugando al juego del  escondite —haber escondido su crimen de Dios, y finalmente después de este juego de frío-y-caliente, Dios los ha encontrado—. Él los había condenado por su pecado y lo había marcado en ellos. Y aunque en un principio ellos se vieron como inocentes respecto a ese pecado en particular, cuando estuvieron delante de Dios y abrieron sus corazones ante el brillo de Su luz, la confesión de ellos fue profunda y verdadera. Las palabras de Judá dieron paso a una de las más hermosas historias de arrepentimiento —y no tengo ninguna duda de que es este arrepentimiento de Judá lo que hace que esta historia sea tan importante—.

VAYIGASH

Cuando leemos la Biblia en inglés, toda la historia de los hermanos regresando hacia José, después del “robo” de Benjamín —su discurso, su arrepentimiento y luego José revelando su identidad—parece ser una historia sin interrupción. Pero no es así en hebreo. La Torá hebrea, junto con la división de capítulos, también hay divisiones en las porciones de la Torá (Parashat Shavua) —y Parashat Shavua Miketz—, súbitamente finaliza a mitad del capítulo 44, para dar paso a una nueva Parasha, Vayigash. Hay una línea invisible de puntos, una pausa indicando que algo muy importante está a punto de suceder. La siguiente porción de la Torá, Vayigash, empieza con las palabras: “Entonces Judá se acercó a él…” Este movimiento de Judá prueba ser crucial: es aquí, en Vayigash, que José se revela ante sus hermanos. La división de la Torá en porciones deja claro que el discurso de Judá se percibe como algo precedente, incluso instigado por la revelación de José. ¿Por qué es así?

Ahora es el momento de completar nuestro retrato bíblico con algunos retoques finales. Ya he mencionado que el nombre hebreo de Judá, Yehudah (יהודה), puede ser traducido literalmente como “acción de gracias” o “alabanza”: el verbo lehodot  (להודות) significa “agradecer” o “alabar”, y el nombre hebreo Yehudah es el nombre formado por esta raíz Y-D-H (ידה).

Supongo que la mayoría de mis lectores lo conocen. Sin embargo, pocos estarían al tanto de que el verbo lehodot tiene también otro significado: admitir, confesar. Por ejemplo, Vidui, el nombre hebreo para una oración especial de confesión que es leída antes y durante Yom Kippur (Día de la Expiación), procede de la misma raíz. Antes de Yom Kippur, recitamos oraciones especiales llamadas Selichot. La palabra Selichot significa “confesiones”. Una de las más hermosas y profundas oraciones de esta época dice: “¿Cómo podemos lamentarnos? ¿Qué podemos decir? ¿Qué debemos hablar? ¿Y cómo podemos justificarnos a nosotros mismos? Examinaremos nuestros caminos y los escrutaremos y nos volveremos a Ti porque Tu mano está extendida para aceptar a quienes retornan a Ti.  No con riquezas ni con obras venimos ante Ti, como pobres y mendigos llamamos a tu puerta”.

¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos hablar? ¿Y cómo podemos justificarnosEstas son exactamente las palabras que empleó Judá cuando él y sus hermanos fueron de vuelta a José —y aquí probablemente podemos encontrar una respuesta a la pregunta que hicimos al principio—. Todos sabemos que la tribu de Judá estaba destinada al mayor y único honor —traer al Rey David y también a Jesús —¿Por qué?— ¿Por qué era Judá, cuyas debilidades e incluso pecados, son revelados tan claramente en el libro de Génesis, tanto en la historia de José como en la historia de Tamar, quien fue honrado con este extraordinario privilegio? José fue justo —¿no hubiera sido más lógico esperar que viniese esta línea monárquica/ mesiánica de las tribus de José (de Manasés o Efraín)? ¿Por qué Judá?

Espero que el retrato bíblico que aquí he estado mostrando les ayude a ver la respuesta: Judá es un hombre de corazón contrito. Judá fue la primera figura bíblica que estaba preparada en reconocer su pecado y arrepentirse; él se arrepiente dos veces en el libro de Génesis —con Tamar y con José—; sus palabras forman parte de las oraciones de Yom Kippur, y así designan la actitud que el Señor requiere de sus hijos. Creo que es a causa de este arrepentimiento de corazón que Judá fue tan especial ante los ojos del Señor, como muchos siglos después David, el descendiente de Judá, también un hombre de corazón contrito, fue especial ante los ojos del Señor: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).

[1] Génesis 44:10

[2] Génesis 44:16

[3] Génesis 44:16

 

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About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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