El Secreto MesiÁnico: El Dilema Del Nuevo Testamento

Algunos de mis lectores pueden recordar las series sobre el Mesías Oculto que presenté en este blog hace algunos años. En ese momento estaba trabajando en un libro sobre el Mesías Oculto, y por lo tanto, era natural que escribiera sobre ese tema. Sin embargo, en ese momento habían cosas sobre las cuales no escribí en el blog. El libro ya fue publicado, entonces ahora puedo revelar algo que, personalmente, fue el descubrimiento más sorprendente de este viaje —y será el tema de mis siguientes artículos—. Antes de hacerlo, sin embargo, me gustaría recordarles a los lectores que leyeron las series, sobre qué trataba el “Secreto Mesiánico” —y para aquellos que no lo leyeron, esta será una introducción de los próximos artículos—.

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“Cualquier discusión sobre… el mesianismo, es un aspecto delicado, porque es aquí donde se ha desarrollado, y continúa existiendo, el conflicto esencial entre el judaísmo y el cristianismo”.[1] A la luz de esas diferencias esenciales, un consenso entre académicos judíos y cristianos con respecto a lo que se conoce como el “Secreto Mesiánico”, parece aún más sorprendente. Los estudiosos de ambos lados reconocen el hecho de que, en los Evangelios, Jesús es frecuentemente retratado como si buscara mantener un elemento de secreto sobre su propia persona y su trabajo a lo largo de todo su ministerio público (a veces incluso desalentando abiertamente el uso del título “Mesías”). Esta característica de los Evangelios es bien conocida y ampliamente reconocida; hoy es conocida como el “Secreto Mesiánico” —término que deriva de un estudio clásico de William Wrede sobre el Evangelio de Marcos—.

De hecho, el lector imparcial no dejará de ver una de las cosas más complejas en las narraciones del Evangelio: mientras que los lectores creyentes llaman a Jesús el Mesías de Israel, Él mismo rechazó continuamente el uso del título “Mesías” a lo largo de todo su ministerio público. Veamos algunos textos donde Jesús directamente le prohibió a otros referirse a Él como Mesías: “Él les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo [Mesías] de Dios. Pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo rigurosamente”.[2] Una prohibición semejante acompaña todas Sus sanidades de los israelitas: la purificación del leproso, la resurrección de la hija de Jairo de la muerte, y la sanidad de los dos hombres ciegos, para citar algunos. Estas y muchas otras historias están casi inevitablemente acompañadas por un comentario final: “entonces le encargó rigurosamente… y le dijo: Mira, no digas a nadie nada”;[3] “pero él les mandó mucho que nadie lo supiese”;[4] “y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa”.[5] No solo recomendó que no dijeran nada, sino que les prohibió hablar de eso, y casi siempre rigurosamente o severamente.

En realidad, lo único que Jesús hizo severamente en los Evangelios, fue prohibirle a las personas discutir Su identidad mesiánica y milagros. La única vez en todo el Nuevo Testamento en que Él revela su identidad mesiánica es la cena con la mujer samaritana en Juan 4. ¡Solo piensa en eso! La única vez en la que Él habla de eso, no le está hablando a una persona judía, sino a una mujer samaritana. Por lo tanto, tenemos este comentario extraño en el texto, que “sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer”,[6] y podríamos preguntarnos por qué necesitamos saber eso; por qué la Escritura nos informa sobre sus discípulos que fueron a la ciudad. Sin embargo, si entendemos que Jesús debía “esconder Su rostro” —Su estatus mesiánico— de Israel, entonces podemos ver ese episodio como uno muy lógico: la única vez en todos los Evangelios donde Él revela su identidad mesiánica es en la escena con la mujer samaritana e incluso luego, solo en el momento en que “sus discípulos habían ido a la ciudad” —esto es, cuando no había una sola persona judía a la vista—. De la misma manera, la sanidad del hombre poseído por el demonio del país gentil de los gadarenos, también presenta un notable contraste con todas las historias citadas arriba: en respuesta a su pedido para seguirle, Yeshua le dice al hombre sanado, “vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”.[7] Entonces, Yeshua estaba listo para revelar Su identidad a los gentiles, pero fue muy cuidadoso de no revelarlo a los judíos —una confirmación adicional de las palabras de Pablo sobre la diferencia entre cómo Jesús se reveló a los judíos y a los gentiles—.

Este Secreto Mesiánico, este contraste entre el mesianismo de Jesús y sus instrucciones para mantener el secreto en los Evangelios, sin duda requiere alguna explicación, y la explicación de esta intrigante característica se puede encontrar en el pensamiento judío de la época. La manera de referirse a la llegada del Mesías como oculta y revelada puede tomarse como representativa del judaísmo palestino del I siglo d.C. “…todos los grupos judíos asumieron… que el Mesías, cuando llegó por primera vez, sería difícil de identificar,… que el Mesías tendría que sufrir persecución e ignominia”.[8] Por ejemplo, el Mesías Oculto aparece muchas veces en Pseudoepigrapha, una tendencia importante de la literatura hebrea intertestamentaria, especialmente en el libro de Enoc, donde vemos al Hijo del Hombre celestial oculto en el Cielo hasta que llegue el tiempo señalado. Los Targums, las traducciones arameas de las Escrituras, usadas en las sinagogas en los tiempos de Jesús, cuando se refieren al Advenimiento del Mesías, a menudo hablan de Él como siendo “revelado” (אתגלי), mientras que en los escritos rabínicos posteriores leemos sobre todo de la “llegada” (בוא) del Mesías. Incluso las primeras fuentes cristianas, comenzando por el Nuevo Testamento, están llenas de pasajes que “dan testimonio simple a la suposición común de que la llegada del Mesías sería la llegada de alguien que debía ser identificado como tal, no la llegada de un obvio rey[9]: “mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea”[10]; “y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo…[11] De acuerdo con la misma creencia, Trifón el judío, argumentó en contra de Jesús como mesías en la obra de Justino Mártir: “El mesías, si hubiera nacido y estuviese en alguna parte, sería desconocido. Incluso él no sabría con certeza que él mismo era el mesías hasta que Elías viniera, lo ungiera y lo manifestara a todos”.[12]

Si se supone que el mesías no debe ser reconocido, él debe guardar silencio sobre su mesianismo. En efecto, significa que la idea de que, cuando venga el Mesías, guardaría silencio sobre su estatus mesiánico y no sería reconocido hasta que Dios lo manifieste, se convierte en una idea actual del pensamiento religioso judío a inicios de nuestra era. El Mesías necesitaba permanecer oculto y no podría revelar quién era. Así que llegamos a un conocimiento nuevo y profundo del secreto mesiánico de los Evangelios: entendemos que el silencio de Jesús sobre su mesianismo en los Evangelios fue precisamente lo que se esperaba del Mesías cuando debía llegar. Y la próxima vez, vamos a descubrir la “Profecía Oculta” en la que se basó el silencio de Jesús (si no quieres esperar una semana, puedes leer sobre esto en mi nuevo libro “As though hiding his face” da clic aquí para mis libros: https://blog.israelbiblicalstudies.com/julia-blum/ )

 

[1] Gershom Sholem, Messianic Idea in Judaism, p.1

[2] Lucas 9:20-21

[3] Marcos 1:43-44

[4] Marcos 5:43

[5] Mateo 9:30

[6] Juan 4:8

[7] Marcos 5:19

[8] O’Neill, J. C. Who Did Jesus Think He Was? (Biblical Interpretation Series, Vol 11), Brill Academic Publishers, 1995, p.42

[9] O’Neill, 43

[10] Juan 7:27

[11] Juan 1:31

[12] Justin Martyr, Dialogue with Trypho,  8.4

About the author

Julia BlumJulia is a teacher and an author of several books on biblical topics. She teaches two biblical courses at the Israel Institute of Biblical Studies, “Discovering the Hebrew Bible” and “Jewish Background of the New Testament”, and writes Hebrew insights for these courses.

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